Elegía por la gloria

Autor:

Luis Sexto

Muchas veces he venido a sentarme en el Malecón a confirmar las infantiles pruebas de la redondez de la Tierra con los barcos que se perdían aguas abajo como si resbalaran por una canal. Hoy, ante un mar bamboleante, saltarín, y un cielo encofrado de grises, me azuzan los recuerdos, la nostalgia, la sensación de brevedad. El horizonte, con su acostada certidumbre de que siempre se llegará a algún sitio, me revela la cruz latina del momento en que he llegado a la edad cuando ya el tiempo canta los números menores de mi cuenta regresiva.

La vida se ha ido en el languidecer de los recuerdos, en ese impulso, a veces inesperado, de volver a los lugares donde uno no viviendo vive. A un kilómetro, por Belascoaín arriba —nunca reconocida como Padre Varela, su nombre de la República— está Gloria, calle que nombraron como el pan dulce, los artificios, las quimeras, el hogar de Dios: ¡Gloria! Allí descubrí un día que los infiernos mezclan la locura con los misterios más santos y familiares. Porque Gloria nunca habrá sido el paraíso para aquel negro, apodado Chichirichi, que asumió el destino de morirse a la entrada del Quinto Patio, su solar, donde en la otra cuadra, donde ya la numeración iba descendiendo hacia la terminal de trenes, se oía la incauta sensación del disturbio, el resudado percutir de los dioses que a nuevos dioses proclamaban: los tambores y la carcajada, la cintura y el cajón, bembeteos y pañuelos que se arrastraban sobre el sigilo concéntrico de los siglos.

Los periódicos se negaron a vocear la superflua explosión en la sien de aquella tarde. Desde entonces, me conmueven los acertijos de quienes se mueren desconcertados en el quicio de su puerta. Y al segundo piso del 822 subió asustada, sorprendida la heroica decisión de empezar a creer que todo no estaba dicho en los libros que yo iba amontonando sobre los reproches de mamá.

Ahora mamá no está. Y al mirar el agua que parece irse, le pido que me hable, con noticias de la vieja Sabina, Modesto el barbero, Segundo el jubilado, y el trombón del sargento, a cuyo ronquido duermen, sin despertarse, aquellos días. ¿Tú despertarás, vieja? Por si no regresas, dame el ácido aroma de tus gritos: llama a mis hermanos, que se esconden bajo el guarapo de los suburbios, cuando aún en los portales que ya no existen en Cuatro Caminos cantaban con laúd y tres de controversia, los amigos del Indio Naborí.

No he venido a buscarte; tu presencia no se halla en las efemérides que el silencio acredita entre vecinos. No soy de los que regresan y luego se marchan definitivamente otra vez. Me he quedado donde te encuentro deambulando por las azoteas de un fin de siglo muy antiguo en las broncas, los muertos, las guitarras y los pregones de los aires pútridos en la Plaza del Mercado, mientras La Habana se replica en el mar con sus palacios, conventos, castillos, casuchas, manglares murallas: provisionales pergaminos, capitulares archivadas, derroche, látigo, manoteo, breve chisme de chancletas, única gloria que alcanzamos entonces.

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