Cuba y el espejo

Autor:

Ricardo Ronquillo Bello

En el país hay numerosos «Lindoros», como ese caricaturesco personaje televisivo que, parado frente al espejo de su egoísmo, piensa solo para sí. Aunque también existe otro síndrome en el reverso.

Su síntoma más peculiar es que, a diferencia del «goloso» empresario de la TV, con este padecimiento dejamos de mirarnos a veces meticulosamente; y cuando lo hacemos es para encontrar deleite en la figura, mientras repasamos las arrugas del resto de los congéneres del universo.

En el fondo de ese comportamiento pudieran habitar causas históricas profundas. El destacado profesor universitario Jorge Juan Lozano llama la atención sobre el hecho de que en esta Isla se han dirimido demasiadas cosas como para no creer en un destino peculiar.

La casualidad o la causalidad nos ubicaron, en el corto forcejeo como nación, en decisivos paralelos del mundo. Lozano menciona, por ejemplo, que casualmente en La Habana españoles e ingleses decidieron una lidia militar y política de siglos; en nuestro suelo se dio la primera conflagración imperialista de la historia; por aquí comenzó a dibujarse el neocolonialismo como nueva fórmula de dominación mundial; con nuestra independencia, decía José Martí, debíamos impedir que se extendieran por las Antillas los Estados Unidos, y cayeran sobre nuestras tierras de América; en Cuba ocurrió la primera revolución socialista en el hemisferio occidental; y en este archipiélago se decidió la sobrevida del ideal socialista…

Todo lo anterior, y otras razones que ahora no descubrimos, invitan a pensar en una singular relación con el mundo, y en su lado más riesgoso a dibujar a veces una nebulosa, especie de Orión, en la constelación de la existencia cotidiana del país, entre la forma en que el mundo y sus dilemas deciden sobre nosotros y viceversa, y la manera en que lo hacemos desde aquí mismo.

No por casualidad un joven científico de la agricultura, en un taller reciente en la Sociedad Económica de Amigos del País, alertaba que no debemos marearnos en la idea de que el cambio climático es solo una amenaza que nos imponen los desatinos del capitalismo desde afuera. Ello nos desmovilizaría, y nos conduciría a ignorar los yerros cometidos desde adentro, que no tiene menor peso en la capacidad nacional para enfrentar ese fenómeno.

Igual criterio podría utilizarse para analizar el bloqueo económico, comercial y financiero de Estados Unidos contra Cuba. En asunto tan delicado no cabe el panfletismo o la ligereza con las que en oportunidades tratamos otros temas.

La apuesta del Gobierno norteamericano por incrementar la presión a las tensiones del país se vaporiza de muchas formas en la apreciación ciudadana, algunas muy sigilosas y preocupantes. Una de ellas es precisamente la peligrosa confusión de la frontera entre las carencias que se nos imponen desde fuera, y las que nos agregan las deficiencias e insensibilidades desde dentro.

El crecimiento de esa neblina podría resultar en la disminución de confianza en la capacidad del país para rebasar las secuelas de la situación actual, y en consecuencia para darnos una vida más decorosa en lo material y espiritual. El triunfo del espíritu derrotista sería el mayor golpe moral y la peor decepción para las vanguardias cubanas.

Resulta llamativo que a una Revolución que elevó el patriotismo a los altares se le intente hacer oposición con el descrédito del «escapismo». Se pretende oponer al sueño de una nación independiente una migración a contracorriente.

A lo anterior debemos añadir que las prácticas verticalistas crearon un sentido marginal de responsabilidad. Si las decisiones no se tomaban al interior de las instituciones y venían «¡de afuera!», como repite con sorna otra humorista, por derivación las consecuencias también podían sernos ajenas.

Así que la actualización en marcha está ante el desafío de que sus decisiones abran, junto al espacio de autonomía que se demanda, el de la autoridad, la responsabilidad, la participación y el anhelado bienestar, para que nos hagamos cómplices verdaderos de los destinos del país, que como creía el Apóstol, tiene una marca especial en el equilibrio del mundo.

Que cuando decidamos mirarnos al espejo podamos decirnos satisfechos: esa es la imagen certera de «mí mismo».

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