Realzar el lugar donde vivimos

Autor:

Nelson García Santos

Pasé de la sorpresa a la suspicacia cuando escuché los nombres que les habían puesto, en Santa Clara, a aquellos repartos. Sencillamente a nadie se le ocurriría asociar con comunidades de personas esos patronímicos motivadores de asombro, que se desvanece solo con un «¿de dónde los sacaron?».

Aceptemos que cada cual haga valer su derecho de inscribir a su hijo en el Registro Civil con el nombre que más le plazca, pero otra cuestión bien diferente lo es escoger el nombre que va a acompañar después, de por vida, a generaciones y generaciones de personas.

Pienso que se debe ser más creativo a la hora de buscar denominaciones, lo mismo para zonas suburbanas o más céntricas, a fin de evitar la proliferación de esas hasta cierto punto extrañas, extendidas y enraizadas en la retentiva pública, paradójicamente, propaladas por sus propios habitantes.

Luego, cuando quieren enmendar la situación y cambiarle el nombre, la gente lo sigue nombrando por el calificativo inicial que le endosaron.

En realidad existen pueblos, ciudades o pequeñas comunidades con nombres divertidos, curiosos, raros y que hasta hacen alusión a su surgimiento, como aquel reparto bautizado con el sonoro «Llega-y-pon», en deferencia a que durante mucho tiempo la gente llegaba y armaba una casa a como diera lugar. O aquel sarcástico del «Pulmón» para connotar el trabajo que costó construirlo.

¿De dónde surgieron en Santa Clara nombres como Planta de Gas, Subplanta, Tránsito, Porcino, La Pollera, Sakenaf y Los Alevines para designar, nada más y nada menos, que a comunidades de personas?

La respuesta es sencilla: los residentes de allí retomaron esos nombres conocidos, que identificaban a esos lugares, como referencia para indicar dónde vivían. Y de esa manera los perpetuaron.

Mejor hubiera sido rebautizar esos puntos geográficos con patronímicos más elegantes o popularizar el verdadero si es que en realidad poseían otro.

El acto de bautizar una comunidad tampoco se puede asumir con ligereza, porque un hecho que va a ser distintivo y definitivo requiere sensatez. ¿Por qué emplear, para identificar un conjunto de personas, nombres que remiten a animales, artefactos, instalaciones y, para colmo, hasta asociados con la circulación de vehículos?

La moda tampoco está circunscrita a esta ciudad. Repase usted —si ha tenido la paciencia de leer hasta aquí— y de seguro podrá agregar más nombres de estos, que le zumban, sin tener que esforzar la memoria.

Un adecuado y sencillo nombre realza el lugar donde vivimos, en definitiva, el pedazo de patria más pequeñito y entrañable. El último que vemos antes de dormir y el primero cuando sale el sol. Y hay que realzarlo también con la limpieza y la higiene, con el cuidado de sus áreas verdes que, lamentablemente, también deja mucho que desear en disímiles repartos.

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