Confieso que he… leído

Autor:

Luis Sexto

Rubén Darío escribió un cuento cuyo personaje lloraba cada vez que se detenía ante un estante lleno de libros que él no podía adquirir. No voy a levantarme de mi silla para repasarlo en el volumen adecuado; tal vez demore mucho en hallarlo en mi biblioteca subdesarrollada. Se llamaba, según recuerdo, El pájaro azul. Lo leí siendo muy joven.

También yo sufría cada vez que un libro se me insinuaba como una tentación a la que no podía ceder. Pero el dolor, la punzada ha cambiado ahora de objeto: ahora, cada vez que veo un libro sufro algo si no puedo adquirirlo y leerlo, pero sobre todo sufro porque no puedo escribirlo.

Soy incapaz de añadir, luego de lo dicho, que he leído mucho. Pero he leído con el interés de mejorarme. Porque, como dijo Martí, uno no nace hombre, sino se hace hombre. Y la lectura ha sido, a falta de profesores y mentores permanentes, el medio donde he aprendido las normas y directrices de mi vocación y mis rumbos.

En 1961 topé con la biografía de Sandino, de Gregorio Selzer, y Las crónicas, poesía bajo consigna, de Félix Pita Rodríguez. Selzer acentuó y clarificó mi perfil político, y el libro de Pita me impresionó tanto como para empezar a creer que la poesía podía también ser algo próximo, cotidiano. Ambos autores fueron, mucho más tarde, mis amigos. A Selzer lo conocí durante la Sexta Cumbre de los Países No Alineados. En 1986 volvió a La Habana como jurado de la primera convocatoria del concurso Jorge Ricardo Masetti, de Prensa Latina. Me encomendaron atenderlo, como al resto de los personajes invitados, entre los cuales recuerdo al venezolano Héctor Mujica, al argentino Rogelio García Lupo y al portugués Urbano Rodrigues.

Selzer, con sus modales y fisonomía, acusaba al hombre bonachón. Su cuerpo grueso, ancho, con una cabeza un tanto más pequeña, sin guardar proporción, enmascaraba el ágil y hondo talento del escritor. Las apariencias son, como ya sabemos, el pinchazo de los neumáticos del juicio. Quien las tenga en cuenta como elementos básicos, se equivoca. Lo que más me asombró de Selzer fue su pasión por los libros. Lo llevé a una librería de segunda mano, frente a La moderna poesía, y ante tanto volumen, entonces a precios muy baratos, casi enloqueció. Lo recuerdo arrodillado, registrando ansiosamente los estantes, eligiendo este título, aquel también. Gastó de un tirón los 50 pesos del viático; era mucho entonces para comprar libros. El autor de Sandino, General de hombres libres me confirmaba que por cada diez cuartillas propias, hay que leer cien ajenas.

A Félix Pita Rodríguez lo empecé a tratar en los finales de la década de 1970. Fui a entrevistarlo por encargo de Bohemia, aunque yo integraba la plantilla de Trabajadores. Más adelante, en una de mis frecuentes visitas, le llevé un breve artículo publicado en ese diario. Tras una rápida indagación en sus cuentos, contabilicé la palabra corazón como uno de los términos más repetidos por el autor de Tobías. Y seguidamente aseguraba que según cierta teoría, la palabra más recurrente contenía la esencia de la calidad humana, mala o buena, de un escritor. El uso frecuente de corazón, pues, definía a Félix Pita Rodríguez como un hombre que empinaba su breve estatura sobre el corazón, el sitio donde la tropología anatómica ubica lo más noble de las criaturas racionales. Él, agradecido por mi hallazgo, buscó un libro entre los suyos, y me mostró un verso, solo un verso entre tantos: En lo más alto el corazón. Y me dijo: Ya ves, yo también intuí algo de eso.

Aún me restan demasiados libros por leer. Los conservo en mi biblioteca doméstica como garantía de que, cuando los necesite, podrán someterse a mis ojos y a mis subrayados y comentarios. Pero en caso de que mi esposa gane sus reivindicaciones y tenga este caballero que despejar de polvo un tantico la casa, tal vez ahora, más viejo y más apto para renunciar a gustos y pasiones, esté listo para precisar los diez títulos que me acompañarían el tiempo por vivir. Serían La Biblia, El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, Hamlet, El Decamerón, Papá Goriot, El Desesperado, Juan Cristóbal, Vida de Cristo, de Martín Descalzo, Escenas norteamericanas de José Martí, y El viejo y el mar. Y si por si algunos se me deshojaran o perdieran, conservaría como reserva La montaña de los siete círculos, de Thomas Merton, El largo atardecer del caminante, de Abel Posse y En la calzada de Jesús del Monte, de Eliseo Diego… Tendría libros para la eternidad. Todos pueden releerse.

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