El «happy end» que las potencias occidentales quieren para Siria

Autor:

Jorge L. Rodríguez González

Gracias a la guerra de las grandes potencias occidentales y sus aliados del Golfo Pérsico contra Muammar al-Gaddafi, Libia se encuentra empantanada en una violencia que comienza a ser crónica. Los financiadores de los bombardeos de la Alianza del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) todavía insisten en que se trató de una operación humanitaria, y pretenden hacerle creer al mundo que las recientes elecciones son la medicina que contribuirá a curar por completo a una nación desmembrada por las aventuras bélicas imperialistas.

Por eso los medios de comunicación que respaldaron la locura guerrerista de la OTAN y el hambre de petróleo de sus principales cabecillas (Estados Unidos, Francia y Reino Unido) presentan a un país que por fin comienza a conocer la democracia. Construyen una falsa imagen de recuperación de la estabilidad luego que la Alianza Atlántica y sus soldados terrestres, las milicias del Consejo Nacional de Transición (CNT), colapsaron el régimen de Gaddafi, a quien torturaron y asesinaron obscenamente.

Sus relatos no reseñan la limpieza étnica, la persecución a seguidores del líder libio, los ajustes de cuenta, las violaciones de derechos humanos (supuestamente la guerra fue para salvarlos). Lo que sí publicitan con bombos, platillos y confites es la recuperación de la producción petrolera, el sector que aportaba a la nación la mayor parte de su presupuesto. La petrolera británica BP y la italiana ENI regresaron tras el crudo libio.

Las recientes elecciones para elegir el denominado Congreso Nacional General que redactará la nueva Constitución y fungirá como gobierno provisional, sustituyendo al CNT, no resultó el éxito que aseguran las grandes transnacionales mediáticas. La jornada estuvo signada por el boicot, las críticas al ilegítimo CNT y las amenazas de divisiones territoriales.

No obstante, la ONU agasajó los comicios, y el presidente estadounidense Barack Obama, los catalogó como un hito en lo que denomina una «extraordinaria transición a la democracia».

Sin embargo, las potencias occidentales no reconocieron las elecciones parlamentarias pluripartidistas celebradas en Siria, luego de aprobarse en referéndum una nueva Constitución que pone fin al monopolio del partido Baaz y recoge demandas populares, como parte del proceso de reformas políticas que impulsa el gobierno de Bashar al-Assad para evitar una intervención extranjera. Entonces, el secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, restó validez a los comicios porque, dijo, no se realizaron en un marco de paz y democracia. Estados Unidos fue agresivo cuando afirmó que esas elecciones eran ridículas. Nada que ver con las palabras benevolentes con las que hace unos días se refirieron a Libia.

Deslegitimaron el proceso porque no se hizo de acuerdo con su libreto y sus intereses. Además, no han podido sacar del poder a Al-Assad ni desestructurar al partido Baaz. Por eso, continúan su guerra secreta contra Damasco. La OTAN dice que no baraja una intervención militar, pero tiene agentes en zonas fronterizas, ofrece ayuda a las bandas opositoras armadas y estuvo, sin dudas, implicada en las incursiones de aviones turcos en las aguas jurisdiccionales sirias, con el objetivo de militarizar aún más el conflicto.

El eje Washington-París-Londres-Consejo de Cooperación del Golfo se pone una máscara cuando dicen que apoyan el diálogo entre los sirios, y muestran su verdadero rostro cuando exhortan a los opositores a no renunciar a las armas y les ofrecen apoyo.

Ahora, nuevamente impulsan en el Consejo de Seguridad una nueva resolución que invoca el capítulo VII de la Carta de la ONU, que habla desde sanciones económicas hasta el uso de la fuerza. Solo que Rusia y China siguen frenando a la repetición del modelo libio.

En el caso sirio, los objetivos son más ambiciosos: el control de las rutas petroleras, apresar a Irán —Siria es el único aliado de la nación persa en la región—, debilitar el poder de Hezbollah, sacar a Rusia de Tartus, única base de atraque y abastecimiento de sus barcos en el Mediterráneo, y limpiarle aún más el camino a Israel en su ocupación de las tierras árabes. Para ello, definitivamente tienen que demoler el muro de contención que representa Siria, aunque sea al precio de una guerra sangrienta. Si llegaran a alcanzar sus ambiciones, Estados Unidos y sus aliados celebrarán el caos sirio como otro de sus happy end.

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