No hay que exagerar

Autor:

Yoelvis Lázaro Moreno Fernández

A fuerza de no contar con muchas opciones, desde hace unos meses la recurrente práctica de viajar de noche me ha demostrado que la movilidad nocturna también tiene sus ventajas: no vives la violenta pesadilla del ruido diurno, con tantas intensidades y maneras diversas por doquier; no te apabulla el agobiante calor del típico mediodía cubano, a pesar de que las madrugadas de estos meses le llevan a cualquier noctámbulo el pañuelo a la frente.

Quizá también, entre algún comentario de paso con el viajero vecino y cierta parada para comer algo, ir al baño y estirar los pies, puedas reposar y hasta dormir, siempre que el medio en que te transportas y la afabilidad de los pasajeros acompañantes te lo permitan. Desde luego, por muy buena suerte que corras, nada te salva de que al siguiente día te sientas, sin demasiado alarde, en extremo cansado. Pero hay cosas que marcan nuestra experiencia vital, y se hacen porque uno acaba queriéndolas.

En mi más reciente travesía desde el centro de Cuba hacia La Habana, a bordo de un ómnibus Yutong, con buen confort pero precio aparte, todo transcurrió sin contratiempos hasta minutos antes de arribar a la estación final. Viajábamos en un ambiente cómodo, casi todos soñolientos y silenciosos cuando, al detenerse por un instante la guagua para bajarse alguien, uno de los choferes, luego de abrir y cerrar el departamento de los equipajes, detectó un repentino salidero de petróleo. Ya usted sabe. A esa hora la apacible moderación que había tenido la noche hasta entonces comenzó a desequilibrarse.

¿Y ahora qué nos hacemos? ¿Para dónde vamos? Dime tú, ¿este carro no se revisó antes de salir?, se dijeron con insistencia y malestar unos; mientras otros, más serenos, respondían y daban ánimo en un tono pasivo: Tranquilos, eso le pasa a cualquiera.

Enseguida un voluntario prestó su celular para que avisaran al lugar correspondiente. Timbre y timbre, y nada. Nadie contestaba. Una y otra vez marcaron, volvieron a marcar, se aburrieron de marcar, hasta que por fin, al borde casi de la impotencia, lograron comunicar lo sucedido.

Visiblemente nervioso y algo agitado, y en un gesto para evitar que cundiera la desesperación, uno de los choferes sugirió mantenernos ecuánimes, pues sin saber con exactitud cuándo se resolvería todo, estaba seguro de que, más tarde que temprano, alcanzaríamos el sitio indicado.

En ese instante, sin dejarlo acabar, una viajera se levantó insultada del asiento e impuso a su antojo lo que consideraba la mejor regla del juego: «Pues yo no sé, yo pagué un pasaje y tú eres el responsable de que yo llegue a la terminal. Me buscas en qué irme, o si no voy directamente a quejarme. Me hace falta salir de aquí ahora mismo».

De improviso el salidero cedió su protagonismo en este episodio a un altercado evitable que, bochornosamente, hizo chorrear en público incompostura y falta de civilidad, como goteo de esas ligerezas que a veces nos corroen, lo mismo a prima tarde que en plena madrugada. Es cierto que el conductor debió indicarnos con un acento más calmado y esperanzador. Por encima de todo le correspondía hacernos llegar. Y de eso, al menos se manifestó convencido.

Pero no había que exagerar. ¿Por qué ofender, denigrar y tirar injustamente piedras para todos los lados? No hay que tener siempre la chancleta en la punta del dedo, pues se puede expresar con decencia lo que pretendemos y hasta nos inquieta.

Por suerte, otro carro nos recogió poco después de aquella maltrecha controversia. Y al amanecer, entre contento y aún medio sorprendido, logré seguir hacia mi feliz destino de occidente, donde narré el suceso como si hubiera sido puro entretenimiento.

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