La caída de un mito

Autor:

Nyliam Vázquez García

Miedo. Tienen miedo. Parecían blindadas esas instalaciones de las que depende una buena parte del servicio eléctrico en Japón. Sin embargo, el accidente nuclear en la central de Fukushina hizo añicos el mito de la seguridad. Ahora los japoneses no creen que esa sea la solución energética y cada vez más exigen un cambio de modelo a las autoridades.

Erradicar los temores sobre la seguridad y, al mismo tiempo, satisfacer las necesidades energéticas nacionales, no será tarea fácil. Pero si algo conocen bien los japoneses es aprender de las experiencias. Sacar ventaja.

No es casual que el Gobierno, a poco más de un año del gran terremoto y tsunami que devastó la costa norte nipona y provocó el accidente nuclear, esté llevando a cabo un proceso de audiencias públicas. El ejecutivo busca conciliar posiciones y encontrar alternativas para hacer al país menos dependiente de ese tipo de energía.

Más de 160 000 personas debieron abandonar sus hogares a causa del colapso de los reactores de Fukushima, mientras el país entero todavía enfrenta la escasez energética, que incluso, podría afectar su crecimiento económico.

Después del shock por el desastre natural, quedó el temor a la contaminación radiactiva. El caos por productos contaminados y el riesgo para la salud humana impulsan a trabajar para que no se repitan aquellos días después de marzo de 2011.

«Quiero que todos los reactores de Japón cierren y sean destruidos inmediatamente», expresó una anciana que vive a 65 km de la central nuclear siniestrada, en la audiencia celebrada el miércoles último en la prefectura de Fukushina. Y aunque no es tan fácil — se trata de sacar de circulación más de 50 reactores—, lo cierto es que la gente perdió la confianza, quiere un cambio, un futuro distinto para sus hijos, nietos...

Después del accidente la mayoría de los reactores entraron en mantenimiento o fueron parados para distintas inspecciones. El mes pasado se pusieron en marcha dos de ellos y fue motivo de protestas callejeras. Al parecer, no queda otra solución que cambiar el modelo, aunque no será tan sencillo como cerrarlos y destruirlos según pidió la anciana.

Para aumentar las presiones en ese sentido, también pesa en el ánimo nipón el hecho de que las dos investigaciones sobre el accidente nuclear, tanto la gubernamental como la del panel de expertos independientes, arrojaron que el desastre pudo haberse evitado.

El Gobierno de entonces y Tokio Electric Power (Tepco), la operadora de la central, si bien no fueron causantes de la tragedia, sí contribuyeron a agravar la situación por creer en la seguridad inexpugnable.

A Tepco la fiscalía de Fukushima le abrió una investigación por las más de mil denuncias contra personas que ocupan o han ocupado cargos en la operadora, mientras que el Gobierno encabezado por el primer ministro, Yoshihiko Noda, intenta paliar la crisis.

Otras opiniones en la audiencia de Fukushima, muestra la falta de credibilidad que pesa sobre las autoridades, aunque la propia realización de estas reuniones demuestra preocupación por llegar a soluciones definitivas y, mejor aun, desde la participación ciudadana.

«Muchas personas saben ahora que cuando el Gobierno dice que “no hay riesgo inmediato para la salud” quiere decir que hay “riesgo a largo plazo”,» dijo una testimoniante, y según Reuters resonaron los aplausos de las 200 personas asistentes.

Goshi Hosono, ministro del Gobierno encargado de responder a la crisis nuclear, dice Europapress, ha tomado nota de los aportes de la población —la de Fukushima fue la novena de las 11 vistas nacionales programadas.

«Nunca olvidaré lo que he oído aquí, y haré todo lo que pueda», manifestó.

Lo japoneses tampoco deberán olvidar. Y aunque el apagón definitivo al que aspiran demorará —se trata de sustituir el modo de generación del 30 por ciento de la energía que antes del terremoto salía de los reactores nucleares—, es una buena señal el trabajo conjunto.

El miedo permanece, pero es menos atroz en compañía de quienes, al final, pueden disiparlo desde la toma de decisiones. Ha caído un mito; queda la responsabilidad con el futuro de la nación.

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