Andar y ver

Autor:

Luis Sexto

Las memorias de aquellos años recurren provocadas por la penumbra, la humedad, el olor del día. O vuelven cuando paso por alguna zona rural y el aire clarifica el paisaje que me ha trazado en la frente, con las cenizas de lo vivo, la señal de que una vez mi vocación periodística anduvo registrando el país y conociendo personas sin la vanidosa percepción de sí mismas.

Aún persiste, como una tendencia que se venga de mi ausencia, el gusto por los olores, las visiones de una época que me prometía cada día andar y ver. Qué no habrá podido cambiar por esos sitios. Yo mismo he cambiado. Pero, aunque sin pelo, con la piel menos quemada y facciones más curadas, soy el mismo cuando todavía inclinado sobre la máquina de escribir o la computadora, sigo recordando las jornadas en que bebía polvo por caminos remotos para ver y contar.

Hoy he recordado a Raúl Acosta. ¿Se acordarán otros de las acciones del viejo? El auto rodaba esa mañana por una llanura cuadriculada de guardarrayas en el sur de Pinar del Río, cerca de Herradura, donde predominaba el verde rastrero del tomate, y el silencio era el único rumor, cortado de vez en cuando por un trino o un mugido lejano. Tras preguntar a un tractorista, a quien le preguntaban 20 personas al día por el mismo nombre y lugar, llegamos a la finca de Acosta.

Los visitantes que llegaban a Hato de las Vegas no buscaban al propietario. Más bien cuantos iban allí de La Habana y otros lugares más próximos, rendían su curiosidad cuando entraban en aquel patio aparentemente espectacular, y veían compartir el espacio a puercos con gallinas, y gallinas criollas con gallinas de Guinea, y gallinas de Guinea con patos, y patos con halcones, y halcones con tórtolas, y tórtolas con pericos, y pericos con palomas, y palomas con azulejos, y azulejos con faisanes, y faisanes con jutías, y jutías con ratones, y ratones con conejos, y conejos con jicoteas, y jicoteas con monos, y monos con cocodrilos, y cocodrilos con leones…

En esos términos lo conté en Bohemia. Pero el fotógrafo Castillo y yo no buscábamos el zoológico particular de un pequeño agricultor laborioso y próspero. Buscábamos a Raúl Acosta, la pieza más valiosa de aquel conglomerado insólito. Entonces, a los 68 años, admitía que el amor por los pájaros y los cuadrúpedos lo poseyó desde niño. Por aquel paraje cuentan que cuando alguien quería ver a Raulito, la madre decía: «Andará por uno de esos rincones de Dios curándole la pata a cualquier pájaro herido».

¿Dónde estará Raúl Acosta? Ya podrá estar alcanzando los 90. Y es de suponer que su zoológico doméstico se haya extinguido. Flaco, pero con músculos elásticos, narizón y de ojos verdes, había heredado de su padre casi 54 hectáreas, y las cultivaba con sus brazos multiplicados por los de sus cuatro hijos. Podría ser rico, oí decir a muchos vecinos. Su casa conservaba el guano y las maderas tradicionales en el campo. Un televisor no desmentía el ajuar de la modestia guajira.

Si los perdiera, diga Raúl Acosta; si perdiera a sus animales… Me dolería más perder un animal que dinero. Y hacía poco, por un venado había pagado 600 pesos para que no sirviera de plato en un festín. ¿Cesarán alguna vez el odio, el egoísmo, la irresponsabilidad? La tozudez de la imperfección atiza la duda. Pero vimos al cérvido en el patio masticando hierba mientras nos miraba como a través de cristales ariscos e inocentes a la vez. Cerca, dos leones adultos, Joe y Yoanka, condenados a morir recién nacidos en la capital, le permitían a aquel hombre que los cabalgara como si fuesen potros.

El recuerdo de Raúl Acosta, su amor a todo lo vivo, sobre todo a los menos amados, ha sido como trueno en la tarde vacía del periodista viejo. Tras el sonido vendrá la certeza de que la lluvia arrastrará la basura, llenará los huecos, limpiará la luz y avivará los recuerdos para salvar del olvido a tanto héroe, a tanto apóstol que como Raúl Acosta huelan a bondad y amparo. A vida común.

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