Cuándo la roja; cuándo la verde

Autor:

Luis Sexto

Un poeta nos recordó que se hace camino al andar. ¿Así como así? No, desde luego. Solo si usted se decide a echar a caminar o a moverse sobre un carromato o un automóvil. Porque quebrar la tranquilidad del que no quiere ir a ninguna parte o renunciar al sabroso no hacer nada, exige un desgarramiento de los músculos del ánimo y de las fibras de la conciencia.

No hemos de voltear demasiado el asunto. Andar es un acto principal en lo físico como en lo mental y moral. Y cuando empezamos a movernos, se invierten energía, deseos, propósitos, rutas. Andar a la deriva no supone andar, sino más bien gastar el combustible.

Pongámonos de acuerdo. Si en lo físico andar resulta fatigoso, cuando el movimiento tiende, en lo social, a dejar lo estimado inútil, por lo útil, la carencia de sentido, por lo que tiene un sentido constructivo, o moverse como en marcha atrás unos kilómetros, la duda, el desánimo pueden aparecer como obstáculos inquietantes. Uno comprende, por la experiencia común, que lo que ocurre hoy en la sociedad cubana se remite a una albañilería que incluye la demolición. Actos, ayer prohibidos, son legales hoy; impuestos de hoy, fueron regalos ayer; voluntarismo de ayer, se propone ser empeño racional hoy… Y como percibimos, parte de cuanto se ha proyectado supone presión y renuncia para individuos y familias. Quien tuvo una pensión dictada por un idealismo generoso, tal vez en estos días ya no la posea y el ámbito doméstico se le oscurezca. O quienes gozamos de servicios médicos efectivos y gratuitos, pero un tanto excesivos, ahora habremos de usar el servicio y la efectividad sin su defecto.

No sigo. Todos sabemos que la luz roja está puesta para ciertas pretensiones irracionales y la verde para modificaciones imprescindibles de ciertas estructuras. Y debo advertir que la ya reconocida urgencia de sustituir la vieja mentalidad, exige aceptar que el proceso de actualización de nuestra sociedad requiere ciertas medidas drásticas, a veces en parte incomprensibles por la escasez de información o explicación. Por tanto, para entender qué pasa, hay primeramente que saber qué pasa, y hacia dónde vamos.

Por períodos, durante los últimos 50 años, el silencio fue un arma: Pssst, el enemigo escucha. Hoy, a mi juicio, al enemigo le gustaría que sigamos ordenando entre dientes: Pssst…  Explicándome, habrá cosas que, quienes desean cortar abrupta o despaciosamente la frontera entre la revolución y la contrarrevolución, les interese conocer para estorbarlas, y estas, en simple lógica, han de «andar ocultas». Pero, desde un punto de vista actualizado, renovado, mantener en secreto mucho de nuestros proyectos podría dañarnos. A los cubanos nos conviene desflecar el secretismo para quitarles las muletas a la esperanza, para no derivar en la canoa de la indiferencia, esa que se acomoda a la corriente a ver qué sucede.

Ya hemos hablado, en otros artículos, de esa vacante de información, de esos enmudecimientos. La vieja mentalidad opera en todos: en la cabeza de los que oímos y en la voz de los que explican, o no explican; de los que deciden, y los que aplican lo decidido y, a veces, ignoran que ejecutar no es limitarse a cuadricular una ley, sino a interpretarla, exponerla y practicarla con un espíritu de creación y justicia. Admitamos que, si no se desbrozan las dudas y malos entendidos, y no se despeja el horizonte de la confianza mutua, quizá algunos estemos distorsionando la política revolucionaria.

Aunque no tanto como un ómnibus o un alimento, a veces falta la comunicación y son pocos los líderes locales para propiciar el incremento de la verdad, y muchas las acciones burocráticas para ocultarla. De cualquier manera he de advertir que ningún proceso dialéctico de mejoramiento —siguiendo la terminología del albañil— estará exento de abrir zapatas, derribar muros, arrancar cercas, demoler ranchos, cambiar fachadas y trazar nuevos límites.

Pese a la diversidad de percepciones desmesuradas de «caos» o inconformidades, ¿podríamos obtener la paz interior, individualmente, si evaluáramos la circunstancia del país como si de cada uno de nosotros dependiera el cambio? Sería bueno leer y oír noticias estimulantes con más frecuencia. Pero creo también apropiado elevar como principio esta frase que, más que una consigna, ha de ser una guía programática: prefiero los riesgos y las secuelas del movimiento a los riesgos y secuelas de la inmovilidad. Traducida al verso del poeta Antonio Machado, esta opción significa elegir entre hacer o no hacer camino al andar.

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