Parto de septiembre

Autor:

Osviel Castro Medel

Muchos intentamos dibujar el paisaje de ese primer día que se restaura cada noveno mes del año, y siempre nos quedamos cortos, con el adjetivo en levedad o en carencia.

Simplemente, ese parto mago de septiembre, ajeno a cordones umbilicales, no puede encerrarse en unas cuantas grafías con sabor a estrofa.

Lo cierto es que ellos, al igual que hicimos nosotros en eras cercanas-distantes, transmutarán la calle, la convertirán en un coro discorde sin voz prima, la llenarán de las mejores diabluras de este mundo.

Lo cierto es que desde ahora las peregrinas se quedarán calcadas en la acera, las casitas en los pizarrones, las banderas tricolores en los ojos de la ternura.

Que cada mañana, en la casa, crecerá una nube de preocupaciones: lustrar los zapatos, vestir la libreta, alisar a más no poder el uniforme. Que el «¡Vamos, levántate, se hace tarde!» será tan constante como Pi y que las tareas «fastidiarán» para bien, de vez en cuando, un juego sudoroso o escondido.

Pero septiembre, también, dejará colgados en ese alumbramiento otros desafíos más complejos y hondos, los mismos de antaño, esos que rebasan cualquier mes del año y no deben perdérsenos entre pupitres.

¿Cómo lograr, por ejemplo, que en la pintura todavía fresca en la pared no aparezca mañana la marca ordinaria de la suela de un zapato? ¿De qué forma evitar que Yoandris y Yendris olviden la costumbre de plasmar sus nombres «unidos para siempre» en la puerta remozada con frecuencia? ¿Conseguiremos, al fin, prevenir las heridas del baño o de la persiana colocada con mil trabajos el semestre anterior?

¿Cómo aprovechar el riego diario de tantos ríos de brío y de alegría, consustanciales a la adolescencia, para que florezca el amor al estudio y no el finalismo, dado a pegar el conocimiento con alfileres? ¿Cómo continuar la necesaria lucha sin cuartel contra los vestigios del fraude y sus «chivos»?

¿Cómo seguir buscando el punto exacto que eleve el proceso docente-educativo sin convertirlo en academicismo radical ni tampoco en cómodo paseo de tiempos pasados?

A responder eso con coherencia, desprovistos de orejeras, nos invita septiembre. Y a disfrutar el hermoso volcán de la calle y de la escuela. Septiembre nos hace una seña sonrojándose de entusiasmo, para decirnos nuevamente que sería pecado enorme olvidar el esfuerzo de maestros y padres en pos de los faros del saber, y de la educación, que resulta más importante todavía.

Nos hace la seña para recordarnos las verdades que impulsaron un alegato martiano hace 59 años; para remacharnos que el comienzo de un curso, en Cuba, nunca será principio sino continuidad, símbolo... prolongación.

Comparte esta noticia

Enviar por E-mail

  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares, ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los que incumplan con las normas de este sitio.