La siembra como escuela - Opinión

La siembra como escuela

Autor:

Yoelvis Lázaro Moreno Fernández

Septiembre siempre despierta con olores nuevos. Por doquier nos devuelve una entusiasta «uniformidad» de edades y tamaños diferentes que vienen a complementar el equilibrio de la vida social en los próximos diez meses. Ya han terminado las vacaciones, y con ellas se disipa un sabor festivo y casero que marca la temporada más calurosa del año, pero que de alguna manera ha de permear con ese ánimo un período cuyas exigencias implican una sucesión de estadios transitables, ahora dispuestos nuevamente a ser superados.

Septiembre supone un punto de partida, una salida desde puerto seguro hacia nuevas conquistas, una búsqueda de cómo obrar mejor, un motivo para cuestionarnos ciertas posturas, y para entretejer con sentido crítico una construcción colectiva que se inicia en la casa, se afianza en la familia y alcanza su cúspide en la escuela, escenario clave en la concreción de ese principio culto trazado por el Maestro como único modo para ser libre.

Y si es la libertad del hombre en la plenitud de su espacio a la que se alude, no hay trillo más expedito y completo que el de una educación pensada con la vocación martiana de acrecentar el logro de una sociedad como la nuestra, «con todos y para el bien de todos», sin que el desafío perenne de cimentar ideas se anquilose como norma, y no se interprete como una mutación susceptible de «cambiar todo lo que deba ser cambiado», y como sentido de un momento, con los entusiasmos, los reclamos, las fortalezas y las sospechas futuras que acompañan a cada tiempo.

Por ello, la enseñanza cubana de hoy y su amplísimo espectro de complejidades y realizaciones, no puede ser una idea extrapolada con intenciones todavía por descubrir, ni pensada a la usanza de viejos esquemas o viejas materias que ya no nos dicen mucho. Enseñar es un ejercicio que va con su gente, en una hora precisa y no en otra, en una coordenada que es esa, y desde ahí ha de transformarse cuanto sea necesario.

Todo acto que ampare al ser humano en su integridad debe conducir por caminos inteligibles, francos, actualizados y contemporáneos. No hay por qué explicar como hace un siglo, a sabiendas de que no somos los mismos ni pensamos igual.

No hay por qué sentar fórmulas repetitivas y en extremo ordinarias, cuando ha de buscarse sobre todo la emancipación del espíritu y la inteligencia, fin que solo se alcanza si proscribimos la clásica filosofía de instruir con el dogma y estimulamos mucho más el sentimiento creativo.

Por esa cuerda se yergue en la actualidad uno de los desafíos mayúsculos de la enseñanza cubana: que el alumno logre afianzar lo que aprende en la utilidad práctica de su espacio y su tiempo de vida; que el pionerito de Corralillo, por ejemplo, crezca y se eleve hacia el conocimiento más indispensable para él desde una atmósfera que lo inspire, y no le cree distancias entre las mesas, los libros y las tizas, y lo que se percibe en el contexto social donde vive.

De ese pródigo propósito de hacer que la escuela se nos parezca, se desprende la inquietud por una educación sustentada en valores; pero valores que no se reciten como los productos del cinco ni se diseñen con una lógica aparente desde el estrado académico. Hay que potenciar la riqueza de lo que vale en la praxis; de eso que el propio alumno, por su experiencia y sus potencialidades de análisis, comprende y valora conscientemente.

Nadie ha de poner en entredicho que una verdadera instrucción no es simple función de un día ni un mes predestinado a anunciar el comienzo. Eso lleva tiempo, reclama una madurez compartida que necesita una solidez vasta, descansa sobre muchas voluntades y debe defenderse como el dominio más próspero de una nación, como su mejor trofeo. Si se quiere educar hoy para que el criterio no nos falte mañana, habrá que dialogar con el hombre, hacernos parte de su épica y aprehender que la siembra es la escuela, y que la escuela nos siembra en ella primero, para luego crecer.

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