El lado izquierdo de los sentimientos

Autor:

Alina Perera Robbio

Tengo enraizada para siempre la certeza de que nada tiene mayor autoridad y poder de convocatoria que los sentimientos. De ellos depende, como alguien dijo, la suerte del mundo. No olvidaré, por ejemplo, uno de los carteles más hermosos y aleccionadores que he visto en toda mi vida: «La Revolución nace en el corazón». Eso significa que todo cuanto hagamos, incluso aquello que más serio y solemne parezca, jamás será —si de hacerlo de veras se trata— algo abstracto que no haya pasado antes por una conversación cálida, por una conexión personal que dejó huellas y se convirtió en rampa de lanzamiento para lo que definitivamente une: la creación.

Me decía todo eso hace unos días, pero entonces solo pude susurrar a un poeta y amigo que tomó asiento junto a mí: «Nada reclama más que los sentimientos». Porque solo ellos explican que en medio de tantas urgencias (que no suelen ser literarias), en una tarde de calor sin nombre, hubiese llegado puntual a la librería Fayad Jamís, en la habanera calle de Obispo 261, allí donde Yamil Díaz Gómez —poeta, periodista, editor, profesor y discípulo de mi año universitario— conversaría sobre su obra en el programa cultural Libro a la carta.

Es ese un espacio que auspicia el Instituto Cubano del Libro y que, a cargo del periodista y crítico Fernando Rodríguez Sosa, invitaba por primera vez a alguien de fuera de la capital. El villareño y entrañable Yamil habló allí de cómo se enamoró de la poesía, del ingrato oficio del editor, de su nunca olvidado José Martí, de la literatura y el periodismo. Pero como siempre me sucede cuando él lee algo suyo, al final del encuentro corrí al rescate de una crónica que compartió con los presentes y que ha titulado «El ojo izquierdo de Salvador Allende», nacida de un viaje reciente a Chile.

Mientras el amigo leía, recordé haber visitado hace algunos años la tumba de la familia Allende Bussi, allí donde había flores blancas, rojas, amarillas y rosadas. En aquella expedición, mientras por segundos rendí tributo a un hombre tan limpio y valiente, pensaba en los hombres y mujeres extraordinarios de la humanidad, y en cómo todos han parecido tener un monte añadido al corazón. Creo que Yamil pensó cosas similares mientras escribía, conmovido, estas líneas:

«A través de ese lente, el ojo izquierdo de Salvador Allende lanzó a las multitudes del futuro, piadosamente, su última mirada. A través de ese lente, las palabras saltaban como chispas cuando aquel Salvador que lo dio todo por salvarnos erigía en el aire las grandes alamedas por donde habría de pasar el hombre libre. A través de ese lente, hay un vacío que nos interroga.

«El día que lo suicidaron, una mano salvó la mitad de las famosas gafas Magnum del presidente de Chile. Y en el Museo Histórico Nacional, el mismo que anuncia a su entrada ser obra del “excelentísimo señor capitán general Augusto Pinochet”, ahora se exhibe en la segunda planta. (Por lo menos el tiempo se ha hecho cargo de precisar cuál nombre debe ir debajo y cuál arriba).

«También el tiempo, con impactante simbolismo, prefirió conservar solo el lado izquierdo de aquellos espejuelos. Y ahora nos convida a imaginar detrás de ese cristal manchado y partido la pupila anhelante que le quedaba al líder más cerca del corazón. Ese era el ojo con el que más soñaba.

«Ahora, en la pequeña Nueva York, esta calle que pasa tan cerca del Palacio de la Moneda, me siento a meditar, a superar el impacto que me causa aquella pieza, o media pieza, del museo.

«A esta hora debía estar escribiendo yo una crónica sobre la segunda Feria del Libro de Antofagasta, sobre la grata aventura de un grupo de cubanos que llegamos al desierto con poemas y canciones; pero no logro borrar de mi retina la retadora imagen de una mirada cercenada.

«Sentado en la pequeña Nueva York, me siento menos turista. No sé si pisaré las calles nuevamente de una Santiago dramática y hermosa; pero conozco el sitio que nunca dejaré de visitar.

«Y me imagino cómo podría brillar aquel ojo de Salvador, el mismo que cerraba para disparar, cuando el hombre bromeaba. Luego de varias derrotas electorales, el que jamás se rendía pidió para su tumba este epitafio: “Aquí yace Salvador Allende, futuro presidente de Chile”.

«Por fin, puedo reírme con ese chiste grande en su utopía.

«Y siento que aquí yace, sin poder enviar jamás a Cuba la crónica que le pidieron, imperceptible entre los transeúntes de la pequeña Nueva York, un cubano que solo atina a buscar tras un mínimo cristal al ser humano que no cabe en ninguna vitrina.

«Aquí voto, en silencio, por el futuro presidente. Mis palabras se pierden rumbo a sus grandes alamedas. Desde allí, el ojo izquierdo de Salvador Allende todavía nos mira con ternura.

«Santiago de Chile, 10 de mayo de 2012».

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