La mala jugada de la fusta

Autor:

Nelson García Santos

Con crudeza, el hombre a cada rato hacía sonar la fusta sobre el lomo y la barriga del caballo, especialmente cuando se negaba a seguir halando el coche, luego de una parada con el fin de bajar o subir un pasajero o por una señal de Pare.

El caballo, escuálido y de piel cobriza, ante el golpe ladeaba la cabeza, como tratando de medir con sus ojos dónde estaba situada, exactamente, la maldad.

Era un constante forcejeo entre el hombre y la ¿bestia?, renuente a reiniciar la marcha cada vez que lo detenían como advirtiendo que algo le pasaba. Solo la brutalidad lo obligada a arrancar de nuevo.

Los pasajeros, entonces, escuchaban el monólogo del cochero, quien tampoco andaba con miramientos a la hora de injuriar al equino: «Un verdadero sinvergüenza y haragán que no se merece que le eche comida hoy», decía.

En cada parada se producía el mismo espectáculo de golpes y palabrotas, pero también cada vez era mayor la resistencia del caballo para no seguir tirando del coche: del pasivo ladeo de la cabeza, pasó a relinchar, a intentar salir de la vía y encabritarse.

Uno de los pasajeros, ante tanto ensañamiento, indagó con el cochero sobre si el animal no tendría algún problema.

—¡Qué va!, señor. Es que el muy bribón amaneció con pocas ganas de trabajar. Hoy lo enganché a las seis de la mañana, es la una y no lo voy a soltar hasta las tres. Vamos a ver quién chiva a quien…

Luego agregó una sarta de sandeces para justificar, en definitiva, su filosofía de abusos sobre aquel animal que le garantizaba el sustento.

La roja puesta en el semáforo desencadenó, de nuevo, la tensión. Era la cuarta parada que se hacía en el trayecto. ¿Qué pasaría ahora?

Sin necesidad, el cochero tiró fuerte de las riendas para detenerlo. El caballo, bañado en sudor, se movía intranquilo entre las barras de tiro.

En breve la luz amarilla le abrió el paso a la verde. El hombre lo conminó a seguir con un caaaaaballooooo que se escuchó a la legua, mientras levantó el látigo que cayó con ímpetu sobre el lomo del jamelgo. Este relinchó, y se abalanzó hacia uno y otro lado sin obedecer.

Volvió a sonar la fusta. Y, el caballo, súbitamente, se alzó en sus patas delanteras para caer de espaldas sobre el coche. A su conductor, al parecer, le había fracturado un pie. Lo bajaron muy adolorido.

El caballo estaba ileso pero allí, visible bajo las barras de tiro, que saltaron por el encontronazo, tenía la piel en carne viva. Sus llagas, más que pelados, acusaban la crueldad de quien dio la espalda a su humanidad por ir tras un «tesoro» efímero.

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