¿El ungüento de la Magdalena?

Autor:

Diego de Jesús Alamino

Una compañera de trabajo que recientemente debutó como diabética, razón por la cual está interesada en dar atención a su situación de salud, halló en Internet una «noticia» cuyo título sorprende: «Mar pacífico, el milagro del siglo». En esa información literalmente se afirma que el mencionado arbusto «acaba con la diabetes en pocas semanas», no sin antes hacer diversos comentarios acerca de otros beneficios para la salud, entre ellos el siguiente: «Un vaso de batido de mar pacífico contiene más proteínas que dos kilogramos de carne, pero con aminoácidos estables que viajan de manera segura y saludable por nuestro organismo».

Después de leer completamente la «noticia», me reservé el derecho, como Cartesio (René Descartes), a hacer patente la duda. Así, le comenté a mi colega que en Internet lo bueno y lo malo se solapan, y a seguidas le argumenté lo peligroso que resulta acercarse a esta tecnología sin los debidos conocimientos que permitan «filtrar» la información. En mi ayuda también vino el caso, divulgado no hace mucho tiempo por algún que otro medio, de una madre en otro país que queriendo encontrar solución a la enfermedad de su pequeño, acudió a Internet en lugar de a un profesional de la Medicina; y al seguir las instrucciones que leía e interpretaba a su modo, provocó la muerte de su bebé, por lo cual debía enfrentar cargos de asesinato.

El excesivo entusiasmo y la credulidad en pócimas milagrosas no es algo exclusivo de estos tiempos de la red de redes. A principios del siglo pasado, cuando era reciente el descubrimiento de la radiactividad por Marja Sklodowska y su esposo Pierre Curie (los esposos Curie) y Henri Becquerel, comenzaron a comercializarse caramelos, tónicos, cremas y prendas llamados radiactivos. Si estas últimas se usaban como collar, rejuvenecían la tiroides; y si como cinturón, las glándulas suprarrenales y los ovarios. Incluso, la poción de agua radiactiva nombrada Radithor no solo se vendía para supuestamente curar a los locos: se insistía en que rejuvenecía todo y se divulgaba que gracias a esta «agua radiactiva» terminaría el analfabetismo y los asilos de enfermos mentales desaparecerían.

Toda esta «seducción» del poder curativo de la radiactividad desapareció cuando Eben Byers, millonario norteamericano, campeón de golf y criador de caballos, murió a los 52 años en 1932 con los huesos y dientes destruidos y, además, con una alta dosis de radiactividad en lo que le quedaba de ellos. Eben había bebido entre 1927 y 1931 más de mil botellas del elixir rejuvenecedor Radithor, según comenta el amigo chileno Francisco Claro Huneeus en su libro A la sombra del asombro.

Cuando de pequeño mi mamá me administraba algún medicamento y yo no sentía mejoría, para calmar mi inquietud me decía: «Eso no es el ungüento de la Magdalena». Después comprendí que realmente no existen pócimas milagrosas y eso quise transmitirle a mi colega.

*Profesor de la Universidad Pedagógica Juan Marinello, de Matanzas.

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