Lo más difícil es el silencio

Autor:

Melissa Cordero Novo

De pronto, el eco de los que venían nos hizo reparar en cuestiones metafísicas. Los siguientes minutos se ocultaron con facilidad, fue como si la muerte nos hubiera besado los rostros, los de todos, uno por uno. No hablamos. No nos miramos. No pronunciamos las palabras absurdas de siempre. Solo esperamos, apenas eso.

Los que venían paralizaron el lugar: el pueblo de los molinos no fue de vientos esa mañana. Ellos marcaron los pasos en las calles, y nosotros, intrusos en sus tradiciones, miramos desconcertados la escena. Los que venían lo hacían cantando, lanzando plegarias con el rostro amargo y las manos caídas; venían marcando el tiempo, deteniéndolo, impulsándolo.

El cortejo apareció en el parque central cuando ya nosotros estábamos firmes frente a la emisora de Cruces, la visita se paralizó, y la banda municipal, que ensayaba a unos metros de allí, soltó los acordes en el suelo, e interrumpió las corcheas a mitad de los instrumentos, y se fueron parando, y se quitaron las gorras, y bajaron las cabezas. Los niños dejaron caer las bicicletas, apretaron las pelotas contra el pecho y guardaron las barajas. Los novios no se besaron y los vendedores apagaron los pregones.

Los que venían cargaban el ataúd con gracia, como si se hubieran extinguido los cementerios. Nada perturbó la ceremonia. Nosotros nos acercamos. Tiempo después nos contaron de la noble tradición crucense de despedir a todos sus fallecidos de la misma forma.

Pensar en la muerte duele de una manera que carece de explicaciones, lo sentí aquel día en Cruces aunque nunca supe de quién se trataba, y lo sentí hace poco, cuando un amigo tocó la puerta de mi casa y dijo:

—Meli, soy portador de malas noticias.

Lo más difícil fue el silencio, el silencio y las lágrimas. Estuvimos en la funeraria todo el día, y a las cuatro de la tarde volvimos a negarnos a nosotros mismos que aquello fuera verdad, lo hicimos durante el trayecto, ante las flores y durante la manera cruel en que se fue ocultando el hoyo de la tierra.

Hacía solo tres días que la había visto en el hospital, a través del maldito cristal que nunca nos dejó darle un beso ni apretarle la mano cuando más lo necesitó. Ni siquiera me dio tiempo a llevarle un artículo que me había pedido. ¿Qué hago yo ahora con ese trozo de papel?

La vida se le apagó a los 25 y se nos quedó su sonrisa pegada en las fotos y los recuerdos imprecisos de la adolescencia y el Preuniversitario, y un dolor adentro que no se sabe bien de dónde sale y que te inflama todas las sensaciones. A pesar de la lucha valiente de Janny durante 17 meses, nada pudo hacer para eliminar la contaminación de sus venas.

Justo en este instante en que escribo, me doy cuenta de que no soy capaz de decirle cuánto quisiera, como mismo nunca pude salvarla con las palabras de antes, ni con los desvelos, ni con mi médula.

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