Hay que amar lo que se hace

Autor:

Heriberto Cardoso Milanés

Muchas personas se preguntan a diario por qué hay tanta inestabilidad en la calidad de algunos productos que consumimos, como es el caso del pan, las galletas y dulces; los helados, etc.; mientras que otro tanto ocurre con servicios vitales como el transporte, el agua y los productos agrícolas, para solo citar algunos ejemplos.

Se sabe que en ocasiones hay problemas con determinadas materias primas e insumos; de capacitación en otras, y hasta con las condiciones para el procesamiento o elaboración del producto o servicio que se ofrece. Pero también se conoce que en muchos casos están dados todos los requerimientos para entregar una oferta óptima y, sin embargo, no es ese el resultado que llega al consumidor.

Es aquí donde aparecen entonces los llamados factores subjetivos, en los cuales el hombre o mujer y su actitud o conducta ante el trabajo desempeñan el papel fundamental.

Expresión de ello, sin dudas, es la sustracción fraudulenta de materias e insumos, que no se incorporan al producto en las proporciones normadas, y se desvían al mercado subterráneo o las despensas personales; la falta de interés y amor por lo que se hace, algo tan vinculado al sentido de pertenencia, y la ausencia de un verdadero compromiso con el usuario o cliente, es decir, con la sociedad.

Lo cierto es que más de un centro laboral padece de estos males, sin que las estrategias y esfuerzos de sus cuadros de dirección hayan logrado erradicarlos totalmente. Se establecen compromisos o metas, planes de aseguramiento material y político, pero los problemas se mantienen…

Se ha insistido más de una vez en la necesidad de desarrollar una ética del centro de trabajo, un sistema de valores, principios y normas que caractericen la cultura organizacional de la empresa, o lo que es lo mismo: inculcar en trabajadores y cuadros de dirección la responsabilidad personal y colectiva de cómo se deben hacer las cosas en cada entidad y en cada puesto de trabajo, convirtiendo ese propósito en abecé de todos.

Despertar, crear o consolidar el sentido de pertenencia y amor por lo que se hace, constituye una tarea básica de toda administración y demás factores que participan en la gestión empresarial, fin que guarda estrecha relación con la atención y preocupación que la organización debe evidenciar en el trato con quienes allí laboran. Precisamente en esa dirección han de obrar las modificaciones en la estructura económica de nuestro país, al promover un modelo en que la empresa pueda gozar de mayor autonomía, desarrollar una gestión productiva más cercana a sus fortalezas y potencialidades, y aprovechar las crecientes posibilidades creativas de los trabajadores, estimulados por su mayor participación en concebir los procesos productivos y beneficiarse con sus resultados finales.

La fórmula, aunque vieja, sigue siendo muy práctica: ¡Quiéreme para que te quiera! Carril de doble sentido. Y todo centrado en un solo objetivo: ¡que el cliente reciba lo mejor!

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