Las fuerzas morales

Autor:

Ricardo Ronquillo Bello

Cuba está ante el desafío de encontrar el justo equilibrio entre las decisiones técnicas y la política, en medio de la actualización en marcha. Recordemos que uno de los causantes de nuestras encrucijadas de hoy fue el hecho de que no pocas veces la política se antepuso a la economía.

Claro que entre nosotros nunca debería anidar la concepción del dramaturgo estadounidense Arthur Miller, para quien todo idealismo frente a la necesidad es un engaño; o la del psicólogo y psiquiatra austriaco Alfred Adler, quien sostenía que los únicos ideales que vale la pena tener son los que puedes aplicar a la vida diaria.

Pero, si todo lo anterior es cierto, también lo es que nuestros sueños son seriamente desafiados por una buena dosis de necesidad y realismo.

Los Lineamientos de la Política Económica y Social del Partido y la Revolución, dirigidos a salvar el socialismo en su hermosa aspiración de libertad, justicia y bienestar, implican que para cumplimentarlos requerimos que cada vez adoptemos mejores decisiones técnicas, y de que estas tomen carne y sangre en la política. Las medidas, además de inspiradas en ella, deben encontrar en su contexto apoyo, sustento, rectificación y mejoramiento.

Precisamente en el dilema entre la tecnocracia y el humanismo, los estudiosos actuales ubican uno de los conflictos más decisivos de la contemporaneidad, marcada hondamente por el utilitarismo desenfrenado.

Numerosas voces en el país han sustentado la idea de que más que ninguna otra, la circunstancia cubana exige asumir una perspectiva humanista. Ello implica posibilitar a las personas un protagonismo efectivo, para que se sientan verdaderos artesanos de su historia.

Cuando recordamos los 45 años del asesinato del Che —encarnación de todas las utopías humanas e intelectual y marxista profundamente práctico—, no es posible ignorar que en su carta a Carlos Quijano, conocida como El socialismo y el hombre en Cuba, subrayó que es «evidente que el mecanismo no basta para asegurar una sucesión de medidas sensatas».

En opinión del Héroe de La Higuera, hace falta una conexión más estructurada con la masa, es necesario el desarrollo de una conciencia en la que los valores adquieran categorías nuevas.

Es preciso hablar de esto, porque cierto pragmatismo rudimentario, derivado de las circunstancias, pudiera conducir al olvido de la trascendencia de los resortes morales por quienes deben implementar las transformaciones en el país; y a la creencia de que las medidas técnicas —«el mecanismo» al que se refería el Che— bastan para resolver la complejidad y magnitud de los problemas que enfrentamos.

Cada solución conduce a un nuevo punto de partida. El país fundó la Contraloría General de la República y determinó realizar los ciclos de auditorías para acabar con el fenómeno de la corrupción; aprobó la entrega de subsidios para las familias en mayor desventaja social respecto a la vivienda; aumentó los precios estatales de compra a los productores para incrementar las caballerías de cacao, caña u otros que demanda la economía… Pero con ello solo no basta, pues no se puede ignorar el alto componente subjetivo que requiere la realización de estas medidas.

La Revolución Cubana actualiza su modelo para más socialismo, pero esa actualización no puede ser interpretada por quienes la aplican como un abandono de los terrenos que corresponden a la política, sino todo lo contrario. La política ahora es más necesaria que nunca.

En asuntos tan delicados debemos evitar la tentación de los extremos sobre los que nos alertó el Generalísimo. La actualización nunca sería posible sin las «fuerzas morales» de las que nos habló José Ingenieros o ese «instrumento de índole moral» defendido por el Che.

La fórmula, difícil, aunque prometedoramente milagrosa, fue descubierta por el Guerrillero Heroico en fecha tan temprana como 1965: simultáneamente con la base material hay que hacer al hombre nuevo. El gran problema es el cómo.

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