La morada de los cambios - Opinión

La morada de los cambios

Autor:

Alina Perera Robbio

En una de esas conversaciones que tienen el sabor de lo eterno, un amigo de la adolescencia me preguntaba si valía la pena ver el filme cubano Penumbras (inspirado en Penumbra en el noveno cuarto, del dramaturgo, y también amigo, Amado del Pino).

Ya había asistido al estreno, en la sala habanera Charles Chaplin, de ese largometraje dirigido por Charlie Medina y con guión de Carlos Lechuga, y sabiendo que mi amigo será siempre adolescente y divino provocador, le dije mientras recordaba a uno de los personajes protagónicos abriendo los brazos a la lluvia: «Te gustará ese filme, porque hay que tener coraje para defender la esperanza en estos tiempos, y creo que la obra lo hace».

Del otro lado de la línea telefónica mi interlocutor no se rendía: «¿Dónde está la esperanza?», preguntó como quien no sabe nada. Tras un silencio breve, clarísimo, me nació decirle: «Donde tú la defiendas…».

Así como la esperanza está donde decidamos, en una elección que surge de lo más profundo de nosotros, pienso que los cambios que Cuba obra o está abocada a realizar (algo tan consustancial a la esperanza, por cierto), serán cuerpo tangible del país allí donde seamos capaces de defenderlos. ¿Y dónde está la morada esencial de toda transformación?

No basta con la letra de los 313 Lineamientos de la Política Económica y Social del Partido y la Revolución. En ellos habita el espíritu, la política más elevada, el tono, la filosofía que es punto de partida para implementar las transformaciones.

Y su implementación tampoco basta para ofrecer morada fértil a lo nuevo: mientras se colocan los rieles conceptuales, jurídicos, racionales, sobre los cuales «correrán» los nuevos escenarios de la sociedad, el pensamiento de los protagonistas debe alistarse con agilidad, sin miedos, sin trampas «del sí pero no». Es ahí, en el pensar y en el concebir, donde vivirá la verdadera posibilidad del cambio; es de esa casa de donde saldrá el germen que dará un sacudión a nuestro paisaje concreto, tan ávido de movimientos, de restauración, de amor, de seriedad (no en el sentido solemne sino riguroso del término).

Algún vistazo a ciertos episodios de la realidad ilustra cómo se abren paso situaciones nuevas a partir de la voluntad de sus protagonistas: dos jóvenes cubanos a quienes conozco bien se aventuraron a ser trabajadores por cuenta propia. Con una inversión inicial se hicieron de una piscina y unas bolas gigantes y traslúcidas, todo de goma.

Decidieron vivir de ofrecer entretenimiento a niños en parques u otro tipo de espacios abiertos. Luego de una saga más difícil que la de Ulises, tras tropezar con mentalidades donde el espíritu de cambio no ha prendido, obtuvieron la licencia y comenzaron el camino del intento.

Hoy sacan cuentas con pasmosa rapidez, aprendieron a buscar espacios donde hay jugosas demandas, se han adaptado a los rigores del trabajo duro, y a dar el mejor servicio, el mejor rostro. «Soy feliz; rompí la inercia; y hago mi dinerito limpio de polvo y paja», me dice uno de ellos.

En otro lugar de la Isla un grupo de muchachos hacen dulces deliciosos. Son rápidos, pacientes con los clientes indecisos. Conforman un negocio particular que es referencia para otros que trabajan en una cafetería estatal, que no se molestan en decir siquiera si el dulce que venden es bueno o malo, e incluso sugieren a los consumidores de paso ver a sus colegas antes mencionados. En el primer ámbito florecen la autoestima, la calidad, y el sentido de pertenencia (las condiciones lo propiciaron; y hubo mentes abiertas que aquilataron el valor que entrañaban nuevas formas de hacer, bien definidas desde lo legal, y que se atrevieron a emprender proyectos con sello propio).

En el segundo espacio la realidad pide a gritos cambiar sus reglas del juego. Cuando lo obsoleto vuele en pedazos, entonces se harán visibles los actores más atrevidos, los más creativos, los que menos resistencia hayan ofrecido a la oportunidad del cambio, y los que, digámoslo también, tengan condiciones para romper la inercia.

Todo pasará por la apertura de nuestro modo de mirar, por entender que el cambio no es cosa de otros sino de nosotros mismos. Para dar nuestros saltos de «negación de la negación», o sea, saltos de «afirmación» de aquello que es adecuado y sostenible en cada momento, todo pasará por aprestarnos a un cambio que tendrá, que tiene sus pájaros de mal agüero y adversarios enconados en diversos espacios.

Los cambios dan el primer paso detrás de la frente. Todo empieza en una idea que, como la verdad, es infinita, inacabada, un paso más (susceptible de ser enmendado). Y en ellos, en esa suerte de angustia activa habita, para la Cuba de hoy, la garantía de la esperanza.

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