Desde esa altura prodigiosa de la vida - Opinión

Desde esa altura prodigiosa de la vida

Autor:

Yoelvis Lázaro Moreno Fernández

Como esas viejecillas inolvidables que uno a veces acerca y acaba amansando cálidamente sin que la sangre que nos corre sea la misma, desde hace algunos años, por cuenta de las afables historias y los zurcidos complacientes de una tía-abuela política que me lleva con especial cariño, he conocido a Carmen.

Pero ya que me atan lazos de confianza a ella, por ser la mamá de esa tía bien querida que enviudó temprano y buscó para su hogar la venerable compañía de la madre ya adentrada en años, no me arriesgaría a decir que la he conocido completamente; prefiero más bien hablar de una tierna aproximación a esa abuela todo desvelo, o mejor, a esa superabuela de la precisión en familia, con un montón de consejos dispuestos siempre para compartir, con un verbo franco y duro que, al parecer, con el paso del tiempo, se ha tomado sus licencias.

En este noviembre trepidante, repleto de noticias que ilustran una recuperación paulatina pero inaplazable en tierras distantes a la de ella, la villaclareña Carmen, quien con sus espejuelos bifocales aún rastrea con destreza la información fresca en los periódicos, y aguza el oído y la mirada ante el sonido de la radio y la imagen televisiva, también se restablece, entre seria y amable, con el valor de unos cien años a los que arriba sumergida en la íntima evocación de no pocas alegrías y pesares. Como la lógica del almanaque indica, a estas alturas ya pesan las nostalgias y los achaques sobre su mesa de cabecera.

Y con esta longeva encantadora como cumpleañera y exquisito personaje de un nuevo pretexto para escribir, ubicándome en mi juventud, ya de paso rápido, me pregunto inquieto cómo se mirará la vida desde esa coordenada altísima y delicada a la que resulta todo un privilegio llegar; de qué modo se pensará en los niños, al mismo tiempo tan retirados y cercanos gracias a las guiñadas de los nietos, los biznietos, los tataranietos y la observancia imponderable de los hijos.

¿En qué lugar quedarán los excesos juveniles, las horas rebeldes y briosas de esa edad, después de varias décadas consagradas a fraguar el acero de la casa, inmersas en una disciplina doméstica bastante envolvente, con la búsqueda, la «luchita» y el «aquí guapeando» como premisa de la subsistencia familiar?

¿Cómo se juzgará, al extremo de esa postura de tanta prudencia y calma, el desasosiego del amor primero, la experiencia de quien estrenó la carne humedecida y tibia, o dio cobija a una esencia que se entrega, solo con pasión, como única?

¿Y los amigos de la infancia, y el regaño de los abuelos cuando jamás se pensó que un día también llegaríamos a estar como ellos? ¿Y la escuela, con aquella maestra machacona sobre la tabla del cinco y el trazo de la v y la j, para que «viejo» se escribiera invariablemente bien?

Desde esa elevación prodigiosa de la vida, a la que se accede por caminos obstruidos y curvos, no siempre con la gracia de la salud y la mente clara como bendición, los años mozos deben convidar a pensar, a soñar, a reír y —por qué no— a llorar.

Aunque quiera, como muchos, lo más seguro es que yo no alcance tan fácilmente esa cima. Pero, por si acaso, solo deseo que esa impresión poco inimaginable ahora, que de originarse será a más de 70 años de estas letras, me traiga feliz el abrazo de algún biznieto correntón, cuyo único pedido sea que al menos, por un momento, como auxilian los suyos a Carmen, me ayude a enmendar ciertos resabios.

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