La yagua que está pa’ uno - Opinión

La yagua que está pa’ uno

Autor:

Yoelvis Lázaro Moreno Fernández

No sabe ahora qué hacer ni hacia dónde ir. Dice, con absoluta calma y sin nada que lo impaciente, que todas las puertas se le han cerrado, y, gozoso, juega con la cruda metáfora de que hasta por dentro le han puesto pestillos. En una incómoda oposición a la más simple casualidad, declara que ya no le quedan escenarios para el asomo, ni para el pedido.

«Dónde seguir buscando, total, para qué», se dice, algo decepcionado por culpa de sus propias cosas, de sus propios antojos. Ha acudido a casi todos los espacios posibles, ha escuchado propuestas de más de uno, y al final, por más que lo niega, se postra a gusto ante el resbaladizo acomodo de las justificaciones. «Que si es así, que si es asao, ¿yo?, qué va, ni pensarlo», «que yo no sirvo para eso», «que yo no puedo, porque no puedo ni tan siquiera intentarlo».

Más allá de su carácter a veces inconveniente, desde hace algún tiempo este coterráneo cercano vive aferrado a advertir con sus actos, como capricho a punto de ser ya voluntad incorregible, que no importa lo que uno quiere si no lo acompaña la suerte, que poco vale el esfuerzo si no hay manos más poderosas que agiten ese empeño.

Y, aunque en ocasiones cueste trabajo entenderlo, no deja de tener razón desde la mediana postura en la que reconoce que el interés personal cala y franquea mejor cualquier obstáculo si en la perseverancia encuentra lugar también el empuje anímico de los amigos, los vecinos, los allegados y la gente de casa, infundiéndonos con énfasis cómo andar por buen camino, cuándo abrir los ojos para no equivocarnos, dónde parar, doblar, seguir el trillo.

Claro, para él, que desde chiquito lo enseñaron a abrir la boca cuando quería algo y de ese modo se hacía la idea de que lo tenía todo, o aparentemente todo, siempre será mejor postrarse a la espera del milagro antes que conquistar la epopeya íntima por sí solo, siempre valdrá menos el fruto sudoroso de sus intenciones, que la ofrenda mezquina del que a veces entrega por lástima y hasta por compromiso.

Ahora sucede que los que le infundieron desde la cuna esa maltrecha filosofía ya no están para protegerlo de la misma manera que ayer. Y por eso piensa que lo que otros tienen a su favor ha sido completamente resultado de una «suerte» que parece no corresponderle a él.

Quizá este compadre vecino ha preferido refugiarse oportunamente en la literalidad de esa frase popular, simpático rezo criollo, de que «la yagua que está pa’ uno, no hay vaca que se la coma». Desde luego, este suele ser un extremo bastante realista y aconsejable para aleccionar a aquellos otros que muchas veces se imponen mover cielo y tierra, a contracorriente del sentido común, en busca de imposibles, obsesiones y desatinos ilógicos.

Pero, sumar a la pasión cotidiana de uno la sugerencia concreta de tan relativa expresión, abre un sendero donde se arrulla al conformismo personal, que podría traducirse más tarde en un letargo colectivo, y así también se procrearía con torpeza el vicio de la espera, y se desataría una inquietud por momentos inconsciente que, como consecuencia, pudiera generar inercia social.

Hasta cierto peldaño de lo razonable es comprensible el propósito de lo que indica la sabiduría criolla con su singular manifiesto. Pero de ahí a que la suerte, capaz de sorprendernos cuantas veces quiera, esté completamente hecha, y por ello no debamos preocuparnos por ayudar a hacerla, dista un trecho inmenso, tan inmenso como el que va desde la posición de mi vecino hasta la vaca que, sin mucho ruido, pudiera merendarse la yagua.

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