Los planes y los planazos

Autor:

Ricardo Ronquillo Bello

No es lo mismo un plan que un planazo, eso lo sabemos todos. Pero en la economía nuestra de cada día no pocas veces se nos juntan en el mismo paquete.

El planazo viene siempre detrás, y no solo lo recibe el lomo de la economía nacional, ya de por sí agrietado por diversos latigazos internos y externos. También recala sobre las espaldas de la economía personal.

La pasada sesión del Consejo de Ministros daba un campanazo sobre el problema, aunque tal vez no meditamos suficientemente en las implicaciones del tema, ya no solo prácticas y tácticas para la economía nacional y de la gente, sino además en la suerte de la actualización y del modelo socialista del país.

En ese cónclave Raúl instó a examinar cada cifra con profundidad, y no verlas como simples números. El Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros subrayó que cada vez que hablemos de incumplimientos en los planes, hay que saber también los millones de dólares que por esa razón habrá que erogar de más, sobre todo en el caso de los alimentos.

Pero lo anterior provoca una reacción en cadena, un efecto dominó que al final del camino recae sobre quienes deben enfrentarse a un mercado deficitario y encarecido, agravado por ingresos que le hacen mucho más compleja la existencia diaria.

Aún no sabemos cómo culminará este año con respecto a los precios en los mercados, aunque  el 2011 los incrementos fueron nada menos que del 20 por ciento según la Oficina Nacional de Estadísticas e Información, algo que verdaderamente preocupa. A ello se agregó que ahora también nos enfrentamos en los mostradores con las nuevas formas de gestión en la economía.

Por otra parte, habría que preguntarse lo que significó para el país y su desarrollo, que en los últimos 20 años no se cumplió con el plan de inversiones.

Las anteriores podrían considerarse como las implicaciones «concretas» del asunto, aunque hay otras de significados más filosóficos o ideológicos que no deben menospreciarse.

No fue nada casual que los Lineamientos de la Política Económica y Social del Partido y la Revolución asumieran la planificación, y no las leyes ciegas y espontáneas del mercado, como fórmula para nuestro modelo de socialismo.

Una de las lidias históricas más definitorias entre el modelo político y económico escogido por la abrumadora mayoría de los cubanos y el capitalismo, se decide precisamente en este campo.

Podríamos decir —haciendo un paralelo— que si el modelo de propiedad define las esencias de ambos sistemas políticos, la planificación o su reverso —la espontaneidad del mercado— expresan su naturaleza.

Y en esta especie de olimpiada filosófica hay que reconocer que no siempre la planificación socialista —tal como fue aplicada— pudo llevarse las medallas de oro. Un capitalismo tecnológicamente desafiante, aunque social y justicieramente deficitario, se convirtió en un duro contrincante.

Hay quienes señalan que el problema de la planificación socialista ha estado, entre otros, en el grado de espontaneidad y formalismo con que ha sido concebida, desconociendo su profundo carácter científico. Los académicos señalan que a lo largo de las experiencias socialistas se desconoció la importancia de dominar adecuadamente la «ciencia de la planificación».

En un plano menos teórico, lo que ha definido la suerte de este poderoso instrumento de desarrollo de la sociedad es si ha sido capaz de incentivar, de desatar al máximo las fuerzas productivas, o si por el contrario las maniató hasta paralizarlas.

En el caso cubano, la falta de asunción de una perspectiva verdaderamente científica de la planificación tiene diversas expresiones. Cuántas veces, por mencionar ejemplos, no escuchó usted que se sobrecumplieron planes hasta en un 200 por ciento, muestra de un plan deficitario; en otros los resultados se quedaron muy por debajo, expresión de que se sobrestimaron las posibilidades, y en oportunidades se pretendió hasta incluir en las proyecciones lo imprevisible.

Lo indiscutible es que la planificación en el país —que ya arrastra reconocidas fallas— se enfrentará en lo adelante a un panorama más complicado, no solo por las variantes externas, sino por un escenario nacional donde deben congeniarse armoniosamente los intereses de un modelo de gestión cada vez más diversificado y demandante.

Entre esas sinuosidades habrá que proyectar como curtidos timoneles, para que los planes no se conviertan en planazos que se vuelvan sobre nuestras espaldas.

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