¡Que cosa la costurera!

Autor:

Yoelvis Lázaro Moreno Fernández

Junto a ese acento inigualable y lleno de singularidades con que los Van Van, agrupación insignia de Cuba, nos deleitan a fuerza de una cadencia contagiosamente natural, ha coexistido siempre, como tradición de lujo, la sugestiva inquietud de una letra que armoniza con el ritmo, y nos seduce al mismo tiempo el oído y el buen sentido, llevándonos por unos trillos agudamente criollos, completamente auténticos.

Ahora, cuando el «tren» musical cubano se ha enrumbado otra vez con vía segura por los melódicos rieles de su estilo inconfundible, con una canción cuyo estribillo más pegajoso alude al arte de ensartar y coser, se me antoja deshilachar sobre este paño periodístico, a modo de delicadísimos hilos, ciertas ideas que entreteje por sí sola la popular repetición, muy susceptible de extrapolarse y hundirse como aguja fina en no pocos entramados.

Pero zurzamos por partes, querido lector, y démosle con cuidado al pedal de esta máquina de costuras y recosidos complejísimos y dinámicos que es nuestra cotidianidad, en la que no están de más las configuraciones y los lienzos de todo tipo, y en la que sobra tela por donde cortar.

Como esencia, propongo poner el dedal, sin el ánimo del remiendo que se corrige una y otra vez y sigue rompiéndose con el paso del tiempo, sobre el negativo parche que genera en los más diversos escenarios de la sociedad la filosa puntada del intrusismo, esa práctica rasgadora de intenciones a corto, mediano y largo plazos, y que, lejos de unir en tiempos que se reforman y exigen de una alianza de acciones, acaban desabotonando malestares, despedazando ideas, mutilando el tiro, el ancho y el pespunte de cualquier pieza.

Por un momento, intente encontrar ese pliegue poco elegante y cómodo en la malla de su vecindario, su centro de trabajo, o algún otro espacio en el que con frecuencia socializa. No le costará demasiado reconocer al que destaca por no saber mucho, pero aun así opina con aires de especialista; o advierte que ese no es su giro, pero toma partido como el que más; o disipa dudas y moldea otras a la medida de quien propone y dispone con facilidad. Lo mismo pregunta, sugiere que contradice, rectifica y aprueba.

Y si bien prolifera ese tipo de fisgón entrometido que se las da de sabihondo y provoca por su empalagamiento, hay otra especie más peligrosa, mucho más dañina e insoportable. Se trata del intruso impositivo, ese que, desde ciertas posiciones de poder, se arroga el derecho de decidir, enmendar y advertir sin buscar consenso ni entendimiento colectivo, sin armonizar experiencias ni abrirse al juicio especializado, sin remedar al menos esa vocación y ese acierto ejemplarizante con que tantas veces Fidel, desde las horas fundacionales de la Revolución, supo combinar las necesidades y urgencias de la obra común con el conocimiento de todos y de cada uno por separado, como contribución verdadera.

No hay peor bordado para la sociedad de hoy —tan apremiada de que, con la inspiración del más universal de los cubanos, cada uno se integre a la batalla de esta épica nuestra yendo con vehemencia e ímpetu a su oficio—, que descoser la inteligencia, o hacerla ripios por subestimación y otras subjetivas limitaciones.

Al igual que usted, y como el «tren», quiero que el panadero sea siempre insuperable en su función, el científico nos descubra con rigor y método la vida, el periodista examine con su juicio los puntos álgidos y corregibles de la realidad, el maestro nos enseñe cada día más, el artista nos apasione el espíritu, y que no haya nadie, absolutamente nadie más como ella, la costurera, para entallarnos, a la medida cubanísima y única de los Van Van, tan rítmico y sugerente traje.

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