Esperando al otro

Autor:

Osviel Castro Medel

Se nos escurrió (casi) otro año. Y nuevamente vimos partir al infinito a algunos de los seres que coloreaban nuestro entorno más íntimo. Y de nuevo nos nacieron, en la interacción diaria, seres de bien que nos trajeron una racha de estrofas protectoras e invisibles.

Así suele ser este lapso de enero a diciembre: dolor y alegría se entremezclan, navegan juntos en nuestra sangre para demostrarnos que la vida resulta una carrera con obstáculos en la que podemos dilatarnos con gusto el corazón o, por el contrario, perder desconsoladamente el aliento.

Es difícil que se nos escapen 12 meses del almanaque sin la mínima aflicción, nacida del yerro personal o del nudo inesperado lanzado por el destino. Casi improbable también que en un año no pellizquemos la dicha terrestre, brotada como premio al acto individual o como desenlace de la veleidosa suerte.

En todo caso, siempre se antoja irrefutable aquella frase que alguien me garabateó un lejano diciembre en una delgada libreta de noveno grado: En esta existencia solo un tonto no tiene penas y alegrías, y solo un idiota quisiera olvidarlas.

Vengo con estas disquisiciones ante la cercanía de 2013, y no quiero parecer un soñador fantasioso que desconoce las ortigas, pero tampoco un ser insípido, carente de optimismo, ese condimento del alma sin el cual parece un absurdo existir.

El 2012, bisiesto además, estaba marcado desde mucho tiempo; varios malos agoreros sentenciaron que el mundo se moriría por una supuesta predicción en uno de los tres calendarios —el de larga cuenta— de los mayas.

Sin embargo, aquí estamos; a pesar del precio de nube del petróleo, de turbulencias y conflictos mundiales, de economías que se deshojan para mostrarnos el fetichismo de aquellas sociedades que tanto idealizaron algunos en el más allá y el más acá.

Aquí estamos, esperando el 2013, en el que, por lógica, no faltarán malas noticias; pero en el que —también— tendremos muchas buenas nuevas, sueños, luces por encender, caminos por desandar.

Sugiero entonces, desde estas páginas rebeldes, mantener la rebeldía que nos ha llevado, como nación, hasta esta montaña desde la cual puede observarse mejor el planeta sin perder de vista nuestras propias manchas. Propongo un «plan de trabajo» atípico, con menos reuniones de cumplido, en el que nos proyectemos aventuras que nos desbaraten el tedio y la rutina, que nos demuestren que estamos vivos no precisamente porque respiramos.

Sugiero una sonrisa como antídoto contra los fracasos y el malhumor; pido que el Destino nos dé la perspicacia necesaria para juzgar mejor los hechos y las cosas; propongo envenenar el engreimiento con una cápsula de modestia.

Ruego, para 2013, que sigamos creciendo como país, inspirados en la brújula del cambio y del trabajo; solicito que la dulzura no sea roca extraña en nuestro día a día; que Martí nos alumbre todavía más a la vuelta de sus 160 años.

Sueño, después de ver que el mundo no se acabó —mientras esperamos otro año—, con que la prisa no aturda a mis amigos. Sueño la prosperidad espiritual; pero también la material, muchas veces satanizada con la peor intención. Y ambiciono que muchos nos encontremos, a nuestro paso, insectos que brillen, manantiales que desemboquen en el pecho mismo, esperanzas que nos agiganten el amor.

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