A la raíz

Autor:

Luis Sexto

Siendo excesivamente benignos al juzgarla, la «vieja mentalidad» se ha caracterizado, entre otros rasgos, por considerarlo todo inamovible, expuesto a la alternativa máxima de los extremos. Y en ese software mental tan rígido y presuntuoso, también irresponsable e irracional, el facilismo es el modo de adecuarse al estrecho espacio que otra época y otras estructuras condicionaron.

Es decir, esa mentalidad envejecida aún reacciona, ante los estímulos exteriores, en dogma, en orientación, en «no se puede». Ya sabemos que una conducta que se niega a ir a la raíz en las soluciones y que se resiste a modificarse de acuerdo con las urgencias de los tiempos, no se rige por la razón: no reflexiona, actúa por instinto, por reflejo.

Intento, desde luego, escribir objetivamente. No me he levantado esta mañana con el ánimo belicoso y la he emprendido contra hábitos y enfoques caducos. Opinar exige tanta responsabilidad que rondaría también con lo irracional sentarse ante el teclado para descargarse o echar sobre otros el ácido de una mala noche. Por tanto, la opción resulta clara: o se procura ser útil, o uno enmudece si cuanto va a decir es también una manifestación de otra vieja tendencia: decir en el vacío, o decir insultando, o decir invocando consignas.

Este articulista, por tanto, estima que sus palabras se adhieren a la crítica nacional contra la «vieja mentalidad» cuyos efectos vigentes se localizan en negarse a entender el papel del contexto, la influencia de las circunstancias y de las posibilidades. En síntesis, echar a un lado la razón, soslayar la capacidad humana de determinar la conducta tras una evaluación racional que prevea los lados positivos de un proyecto y tenga en cuenta los daños colaterales del proceder inconsecuente.

Dicho esto, debo reconocer las evidencias de que todavía se responde a ciertos problemas locales con decisiones escasas de razón, conducidas por el facilismo. Y a veces, la carencia se remite al sentido común, es decir, el principio racional más inmediato al discurrir cotidiano. Por ejemplo, un periódico publicó que la propuesta de un ciudadano movió a que las aguas de una presa se colmaran de alevines. Y cuando los pececitos fueron apetitosos «pejes», los administradores del embalse decidieron demoler la cortina de la presa, porque necesitaba reparación.

Las preguntas caen al agua por elementales: ¿Y echar abajo significa ahora reparar? ¿Y los peces para comer y el agua para irrigar los cultivos de dónde provendrán?, preguntas que de formularse en el sitio que las demanda, pasarían a constituirse en estaciones donde la razón y el sentido común se concierten como medios y métodos de dirección colectiva. Si adoptaron la opción de eliminar la presa, cuya efectividad había sido demostrada en épocas de sequía, quién preguntó dentro del equipo decisor si era más apropiado demoler que reparar. Quién se opuso a convocar el facilismo ejecutivo como método para acometer el arreglo del desarreglo. Quién inquirió por las nuevas soluciones a los problemas que resurgirían al desaparecer la presa. Y, si la razón y el sentido común condujeron a la certeza de que sería más provechoso demoler, quiénes explicaron la necesidad de medida tan drástica a los habitantes de la zona.

No me consta que esas actitudes tan apegadas al facilismo sean lo general. Pero no dudo de que pudiéramos reunir una antología de actos que pretendan reajustar leyes y resoluciones transformadoras a la comodidad, usando nuevamente un término benigno, de los encargados de ejecutar las nuevas directrices. Ejecutar calculando el menor esfuerzo y lo más expedito, podría definir a este verbo por otro de sus significados, que según el diccionario convierten en sinónimos a ejecutar y ajusticiar. Pero en esta historia ejecutar desarreglando, resolver creando nuevos problemas, no equivale a «cumplir la justicia», sino a establecer lo injusto por irracional.

Estas experiencias aún vigentes como cola de la «vieja mentalidad», confirman que todavía algunos han de aprender a distinguir la diferencia entre lo útil y lo inútil, lo que adelanta y lo que retrasa, el perjuicio y el beneficio, lo político y lo impolítico. Y si por una parte se ha de saber qué significan cada una de estas antinomias; por otra, se ha de saber aplicar el control no solo contra lo que se hace, sino también contra lo que se deshace. Mas, un control institucional y popular cercano, tan cercano y agudo como para echar de menos la razón y el sentido común. Y cuando estos falten, exigir cuentas, cuentas que a veces parecen también faltar.

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