El momento oportuno

Autor:

Osviel Castro Medel

No se trata de una simple frase lanzada al vuelo, ni de un eslogan necio aprendido de memoria, aunque la locución sí tiene mucho de mecanicista y vana.

La han empleado en distintos escenarios, casi siempre con poses de supremacía. «No es el momento oportuno», dicen.

Lo cierto es que no pocas veces la frase coarta, limita, refrena, inhibe, duele. En esos casos su uso refleja un pensamiento asentado en límites marcados a priori, porque su esencia no deja de ser coercitiva y alejada de la transparencia.

Incontables seres humanos hemos chocado con ese rocoso postulado, ya para escondernos la «bola» dentro del infield, ya para arrojarnos encima el carruaje de la reprimenda, ya para remarcarnos el credo del estancamiento.

Claro que existen asuntos estratégicos que merecerían esperar la «hora» para su tratamiento en público o para su puesta en práctica; claro que hay cosas que para lograrlas han de andar ocultas, como señaló con tino el Apóstol en plena manigua redentora.

Sin embargo, esa lógica no debería aplicarse a todas las circunstancias y lugares, como intentan ejercitar algunos. Sería como negar el desarrollo, el cambio y la verdad.

En esa cuerda, me salta ahora a la memoria la anéctoda del funcionario que, herido por su cuota de responsabilidad, le impugnó a un periodista un comentario sobre los accidentes del tránsito, ocasionados por la falta de iluminación en vehículos de tracción animal, diciéndole: «Estaba bien escrito, pero no era el momento oportuno».

Por cierto, ahora que me poso en esta incomprendida profesión, nunca sería inútil señalar que en otros pervive una postura aun peor, aquellos que esgrimen la dichosa «oportunidad» antes del trabajo periodístico para no brindar información o escamotearla.

Naturalmente, el síndrome de «esperar el momento» está diseminado en muchos más terrenos. Mencionemos, para seguir con los ejemplos, a aquel que ya en el siglo XXI no cambiaba sus arcaicos métodos de control y supervisión, basados en los constantes «cuadritos» y anotaciones en una libreta, porque no era el «momento».

O la secretaria que, sin consultar a nadie, hizo demorar más allá del límite a un hombre que buscaba a su superior con la justificación: «Es muy temprano todavía, él debe estar ocupado, no es el momento».

Y acaso lo peor es que ese instante ideal, perfecto y magnífico casi nunca cristaliza en la mente de los que esgrimen la frase. Lo peor puede radicar en que nos quedemos esperando y no digamos nada, como señal de aceptación.

En todo caso, tendríamos que aguardar el momento oportuno y decir nuestras verdades sin miedos y sin alardes.

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