Alegres, pero respetuosos - Opinión

Alegres, pero respetuosos

Autor:

Heriberto Cardoso Milanés

Alguien me dice que tiene «los vecinos más contentos del mundo…».

—¡No es posible! —le respondo.

—¡Claro que sí! —insiste. Son personas que viven en mi barrio y conectan las bocinas de su equipo de música prácticamente las 24 horas del día, a todo volumen… ¡Y no dejan dormir a nadie o siquiera ver un programa en la TV! Hablamos con ellos en más de una ocasión, nos hemos quejado al Consejo de Vecinos, en la reunión del CDR… ¡Y nada! Tragos, música, una discusión o bronca de vez en vez… Solo nos falta ir a la Policía.

—En algo te equivocas… —vuelvo a la carga. Porque yo tengo otros vecinos que son iguales o más contentos que los tuyos…

Lo cierto es que aquella persona, nosotros, usted, casi todos, pudiéramos tener vecinos con esas características; compatriotas que no son mala gente, incluso, pero que no guardan la más mínima consideración con otros que trabajan, están enfermos o cuidan de pequeños o ancianos que requieren un ambiente apacible y les asiste el derecho a la tranquilidad.

La agresión sonora —o hiperdecibelia, como la ha calificado el colega José Alejandro Rodríguez— se ha vuelto tópico recurrente en el debate de un tiempo a la fecha. Tal interés quizá se explique a partir de un visible incremento de manifestaciones de indisciplina social como las descritas, además de una mayor sensibilidad ciudadana con el tema, la cual no siempre llega a concretarse en acciones comunitarias o la asunción de medidas administrativas o legales para cortar el paso al nocivo fenómeno.

Se trata, sin duda, de un problema de educación que entorpece la convivencia en el entorno social más próximo, ámbito donde nadie —léase también una entidad o empresa— tiene derecho a molestar al de al lado con el pretexto de que «todos merecemos divertirnos en la forma que más nos plazca», sin tener en cuenta que de ese modo se viola groseramente la necesidad que también asiste a otros de llevar una vida placentera y sin molestias.

Y no son pocas las ocasiones en que los bafles son situados en una acera, o se parquea un automóvil en plena calle con las reproductoras «ladrando» sus decibeles, o en que más de un «guaposo», autor del escándalo, alardea y desafía la paciencia de quienes tratan de evitar cualquier incidente.

Existen reglas de urbanismo, normas de comportamiento que regulan horarios y mecanismos para celebrar actividades festivas u otros eventos; derechos y deberes de los miembros de una comunidad, medidas legales para quienes incumplan con las reglas más elementales de la convivencia, instituciones que tienen a su cargo velar por el orden y la disciplina ciudadana.

¿No es acaso un riesgo dejar que situaciones como estas contribuyan a la deformación de reconocidos rasgos de nuestra identidad, como el respeto, la cordialidad y el sano disfrute de momentos de ocio y esparcimiento? ¿En cuántas ocasiones tales actitudes no aparecen asociadas a manifestaciones de violencia, detrás de las cuales asoma el consumo de alcohol, u otras sustancias cuya venta es penada por la ley? Aunque la comunidad puede y debe ejercer un papel más activo respecto a este fenómeno, ¿se trata solo de un problema entre vecinos?

La sociedad y sus instituciones están en todo el derecho y el deber de establecer las medidas que sean necesarias para corregir y enrumbar conductas inadecuadas.

No podemos renunciar a la alegría. Cada quien suele tener más de una razón para estar contento. Pero que ello no nos haga olvidar que el respeto al derecho ajeno, como se ha dicho tantas veces, es la paz… ¡y contribuye a fortalecer la unidad del barrio!

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