En el pelotón «suicida» - Opinión

En el pelotón «suicida»

Autor:

Jesús Arencibia Lorenzo

Aunque el buscador Google diga lo contrario, mi amigo Michel tiene razón: solo existe un Pepe Alejandro en este mundo. Sería mucho fárrago para la geografía terrestre darle espacio a otro con pasiones tan trepidantes. Además, de habitar en el mismo planeta personaje similar, algo se quebraría en el equilibrio de las especies de la prensa, ese heterogéneo mundillo en el que hay desde egos rascacielos hasta quijotadas de modestia.

Pepe Alejandro, que solo en el carné de identidad ostenta los comunes Rodríguez y Martínez, ha liderado, por cuenta y riesgo propios, el pelotón «suicida» del Periodismo cubano en las últimas décadas. En un panorama profesional a veces achatado por consignas y utilitarismos atroces, él se ha empeñado en ser auténtico y coherente, eso que tanto cuesta.

Y lo ha logrado en buena medida por sus ojos, fáciles de lágrima y sonrisa, abrazadores sempiternos que todo lo cuestionan con el afán —ah, Principito— de jamás renunciar a una pregunta.

Pepe es un incontinente chorro de ideas; las va soltando en ráfaga, a amigos, admiradores, transeúntes, enemigos, frenéticos, indiferentes… Por ello no puede dejar de hablar y hasta los nombres de los programas en radio y televisión en los que participa, llevan ese verbo: Hablando claro, en Radio Rebelde y Papelitos hablan, en Canal Habana.

En uno y otro espacio, compartiendo con sus lectores, que lo identifican en la calle, le piden botella y hasta se toman una copa de ron pasado por agua con él cuando las urgencias cotidianas lo permiten. Y no es que en este catador de la palabra oportuna prime el cotorreo fútil, sino que cada detalle para él resulta importante, cada partícula de sentimiento se convierte en su palanca humana para mover las emociones.

Así ha sucedido a lo largo de su carrera de casi 40 años, que incluye paradas de éxito en la centenaria Bohemia y en el periódico Trabajadores. Así ocurre cuando día a día da Acuse de Recibo a quienes le escriben de toda la Isla al apartado azul de Juventud Rebelde para contarle las mil y una batallas contra la burocracia entronizada.

Y ahora que recuerdo a los burócratas, tantos dolores de alma le han provocado, que por poco lo sacan del juego; al extremo de que ya su corazón conoce de intrusos cateterismos. Pero no, en Pepe Alejandro pudo y puede más la irrigación sanguínea de quienes lo quieren, empezando por Mercy, su novia sublime de toda la suerte.

Este caballero sin armadura pertenece a la raza de los que no cejan; de los que cabecean frente al teclado hasta que le arrancan a las palabras la música precisa. Lo he visto martillarse una y otra vez porque una oración está demasiado larga; o porque un verbo se le queda insípido, o porque un titular no tiene la «chispa» imprescindible.

Artesano multioficio en lides de redacción periodística, su molde preferido es la crónica, esa dama coqueta del periodismo y la literatura, que toca y trastoca la sensibilidad de cuanta pupila se asoma a contemplarla.

Otra cosa es su caos vital: el no saber jamás dónde dejó los espejuelos; el revolver las cartas con el pozuelo del almuerzo; el alborotar cada reunión donde participa y salir sonriendo después, histriónicamente, como si aquello no fuera más que el performance mínimo para la ocasión.

Así hizo este viernes cuando, mientras esperaba en el público su proclamación como Premio Nacional de Periodismo José Martí por la obra de la vida, dirigía los aplausos de los participantes para sus cuatro colegas que obtuvieron el supremo galardón.

Él bien distingue, como nosotros, que en la visión grande de Jacinto Granda; el feminismo militante de Gladys Egües, la vehemencia matancera de José González Rivas y el perfecto lente de Perfecto Romero habitan los arrestos del «mejor oficio del mundo».

Desde que corrió la voz, el teléfono del cuartico de Pepe en JR parece un avispero loco. Son los lectores, me dice una veterana voz. Ellos saben que premiaron al suyo.

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