Haz tu Martí - Opinión

Haz tu Martí

Autor:

Lourdes M. Benítez Cereijo

En su casa taller construida en el siglo XIX hay una imagen que se repite. Martí está en todas partes, en lienzos grandes y pequeños, moldeado con hierro, en los libros, en el techo...

«Cuando la mano se me calienta no tengo para cuando acabar, es como si estuviera en trance», explicó el pintor Kamyl Bullaudy a esta redactora que lo examinaba con todo el asombro del mundo en la mirada.

Uno tras otro iban saliendo los retratos de Martí: de perfil, de frente, de cuerpo entero, con palmas, más joven, más serio, contemporáneo... Y uno tras otro los iba dejando caer al suelo con la misma levedad de las cosas que son hijas de la sencillez.

Su imparable labor tenía huellas de algo mecánico. Sin embargo, parecía que un pedazo de su existencia se le iba en cada dibujo. Kamyl pintaba y recordaba un pasaje de la vida de José Martí, una palabra, un apunte... En solo minutos hizo seis, siete dibujos. Todos lo mismo y, a la vez, tan diferentes.

«¿Cómo lo haces?». Me tragué la pregunta. La respuesta estaba a gritos en cada esquina de su universo artístico y existencial. En una esquina las obras completas del Maestro, su taller ubicado justo frente a la Iglesia del Santo Ángel Custodio —donde fuera bautizado Martí—; en un estante, una caja de cristal con tierra recogida del lugar donde cayera de cara al sol el Apóstol. Por otro lado, un papel arrugado que contenía, con letra casi indescifrable, la frase: «Por el amor se ve, con el amor se ve. El amor es quien ve. Espíritu sin amor, no puede ver». Todo era exuberantemente familiar y espontáneo.

«¿Cómo lo haces?». Esa segunda vez, la interrogante salió disparada. El pintor sonrió con picardía.

—Toma el pincel. Haz tu Martí, lanzó la propuesta como quien ordena.

—Lo haces parecer muy fácil, pero no creo que pueda, riposté con sinceridad.

—Todo está en proponérselo, sentenció. Con esas palabras me sentó en su sillón de creador. Observé a un costado la paleta de colores: rojo, amarillo, negro, blanco... Pensé que eran más que tinturas y pigmentos. Allí había pensamientos, sueños, sombras, luces y un poco más.

En una mano la cartulina y en la otra un pincel cargado de color negro. «Debe ser fácil, él lo hace con solo tres trazos», pensé. Sin embargo, advertí que hacía falta magisterio, ingenio y experiencia. Hacía falta mucha alma y mucha luz.

Miré aquella cartulina donde lo único que habitaba eran unos trazos abstractos y coloridos. ¿De dónde saco un Martí? Antes de dar la primera pincelada, decidí que sería mejor copiar uno de los de Kamyl, para no pasar la vergüenza de que un reconocido artista contemplara lo humilde y pequeño de mis capacidades para la plástica.

Pero recordé un pasaje del Ismaelillo: « Si alguien te dice que estas páginas se parecen a otras páginas, diles que te amo demasiado para profanarte así. Tal como aquí te pinto, tal te han visto mis ojos». Entonces supe que mi Martí debía ser sincero.

Primero el bigote, después un ojo y luego otro. Agregué las líneas para definir el rostro. «No se parece en nada. Qué mal de mi parte». Pero como buen cómplice, el artífice me guiaba: engrosa este trazo, define por acá, retoca por allá. Era increíble ver cómo cobraba vida. A medida que el pincel continuaba posándose sobre el rostro de mi primer Martí, palmas, yugos, estrellas y versos me inundaron.

Luego el artista, en un despliegue simple de experiencia, tomó el pincel y realizó un trazo, casi una mancha, y nació de aquel desorden de primeriza insegura, mi dibujo del Héroe Nacional.

Cada cubano lleva dentro su Martí. El mío es sencillo, tiene algunas manchas, líneas irregulares y trazos ingenuos. Tiene un rostro vivaz y sereno, lúcido y humilde. Como yo, es imperfecto y humano.

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