Batalla contra las penumbras - Opinión

Batalla contra las penumbras

Autor:

Alina Perera Robbio

Una vez más, escuchar a Fidel es sumergirse en las honduras de la existencia humana. No importa que sus palabras sean pocas o muchas. Breves fueron las pronunciadas por él durante la Sesión de Constitución de la VIII Legislatura de la Asamblea Nacional del Poder Popular este 24 de febrero, y en ellas, además de la carga espiritual que siempre tienen, hay una mirada que echa luz sobre tramos de mucho tiempo, lo mismo hacia el pasado que hacia el porvenir.

En esencia el líder histórico de la Revolución Cubana nos recuerda la envergadura de esta resistencia nuestra que todavía acontece y sigue siendo ardua. Y subraya Fidel una cifra que «lo expresa todo» (que habla de la generosidad de los aquí nacidos): «a ochocientas mil personas se eleva el número de los cubanos que han cumplido abnegadas misiones internacionalistas».

Por ahí andan; me los encuentro mucho últimamente; y cuando empiezan a hablar con una sencillez sobrecogedora sobre sus días en la guerra, entiendo que estoy frente a héroes que no han pedido nada para sí y que siguen, sumados a millones de cubanos que han sabido sobrevivir a los ataques más duros del enemigo, dando batalla en una de las contiendas más difíciles: la del bregar diario, afán cuyas complejidades y dificultades ni siquiera ellos, los guerreros, pudieron haber imaginado años atrás.

Es ese pueblo generoso, entonces, el que está llamado a dar pelea contra toda acción que niegue nuestra valía. Fidel expresa —y aquí es evidente el hilo de continuidad en todo cuanto se ha hecho y hace— que de acuerdo con lo que le contaba Raúl hace unos días, lo que «se impone es la necesidad de una lucha enérgica y sin tregua contra los malos hábitos y los errores que en las más diversas esferas cometen diariamente muchos ciudadanos, incluso militantes».

Y seguidamente, para dar idea de lo inmenso de ese desafío, coloca el escenario nacional en un contexto que, haciendo justicia, debemos calificar de abrumador: «La humanidad ha entrado en una etapa única de su historia. Los últimos decenios no guardan relación alguna con los miles de siglos que la precedieron».

Como tantas otras veces, Fidel no soslaya la dimensión de lo subjetivo. Su enfoque me remonta a intensas jornadas reflexivas que, a finales del siglo XX (año 1996), tuvieron lugar convocadas por el Parlamento cubano sobre los valores morales y espirituales. Recuerdo figuras emblemáticas como Cintio y Fina, allí presentes, y no olvido muchas voces de prestigio que entonces se alzaron para abordar un asunto alusivo a la conducta del Hombre.

Aquel foro tan amplio, que algunos identificaron como una «campaña por los valores», nunca debió languidecer. Es verdad que se siguieron dando otros encuentros, pero aquel impulso debió haberse ido insertando orgánicamente a nuestras vidas como una meditación, que nos sacudiera todo el tiempo las amenazas sórdidas.

Como la conducta nace de los escenarios palpables, de condiciones objetivas que el país está enfrascado en modificar, todo cuanto se diseñe para ponderar eso que Martí llamó la dignidad plena del Hombre será cardinal. El espíritu necesita condiciones, alimento y educación sin límites, y es necesario decir que aunque es espejo de la realidad objetiva, a la vez resulta dimensión en la cual una voluntad bien pensada puede convertirse, o no, en realidad palpable.

Se puede concebir, por ejemplo, un excelente modo de administrar. Pero ojo, me comentaba un colega, es importante preguntarse qué vamos a administrar: ¿la parálisis, las peores motivaciones, una mentalidad inoperante?; ¿o el afán creador, que restaura y remodela, que está libre o dispuesto a desprenderse de viejos vicios?

Entre los escenarios y la conducta se da, ya lo sabemos, un camino de doble vía, de mutuas influencias. Por eso, mientras las situaciones son transformadas, es preciso hablar de los «malos hábitos», de los «errores» que son pan nuestro de cada día, que seguirán existiendo en una obra humana, pero que sería imperdonable dejar de la mano, no atajar a riesgo de terminar empantanados en un intento de nuevas fórmulas cuyos ejecutores, protagonistas y destinatarios sean hombres y mujeres en quienes la virtud se fue debilitando o desapareció.

Cuando abordo este tipo de asunto, arde en mi memoria un ejemplo para mí ilustrativo: a un famoso parque de La Habana le pusieron hace no muchos años las bombillas más bellas que he visto en mi vida. Poco a poco, noche tras noche, las bombillas fueron desapareciendo, y el lugar volvió a quedarse a oscuras, a merced de los malhechores. Se había restaurado un escenario; pero, ¿sus beneficiarios estaban listos para asumirlo y merecerlo?

El aldabonazo en pos de nuestra vindicación interior está dado ya hace mucho tiempo. Y hay que dar batalla con todo, para no ser, por la eternidad (aun cuando hemos demostrado ser grandes en lo grande), un país con parques, y otras cosas, en penumbras.

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