No creí su muerte - Opinión

No creí su muerte

Autor:

Mayra García Cardentey

Aquella niña se me acercó ingenua, con la clara candidez infantil aunque traiga el oscuro saber de la desdicha. «Se murió Chávez», me soltó sin más. Yo no le creí. «Nena, con eso no se juega», le espeté palmeándole la cabeza y recogiendo el par de cintas blancas que obsequió al camino.

El barrio se tornó demasiado apacible, el silencio se deslizó descomunalmente en una comarca acostumbrada al bullicio juglaresco. Los ruidos de la tarde, pasmosamente, quedaron mudos. «!Qué milagro! ¡Al fin, paz!», me dije, sin poder siquiera descorrer la llave sobre la puerta.

No me pude sacudir el polvo del camino, no tuve tiempo de digerir el nervio vivo de mi madre: «Se murió Chávez». Me recliné sobre el asiento, no lo podía creer, una extraña sensación de pérdida cercana me invadió, como cuando la depresión patea el estómago y lo hace compañero de trasnoche, como esos sentimientos que se encabritan en insospechadas emociones.

Y de repente lo vi cuando por aquellos años 90 comenzaba a cambiarle la suerte al futuro venezolano; y lo vi con la inquieta lucidez de quien saborea el eterno desafío de sentirse útil; y lo vi con el hondo amor por su pueblo y sin otra malla de protección que la confianza de la América toda.

Y lo vi cuando le robó tiempo al tiempo; y lo vi en su imbatible lucha por amurallar a la muerte; y lo vi cuando hermanó pueblos.

Ahora lo veo en la posibilidad de un mundo mejor, en la voluntad férrea de una humanidad que ya ha echado a andar; en el juego diario de apostarlo todo, compitiendo a lo grande por el mañana, por el Hombre, por la América; y lo veo en el estudiante venezolano que no se deja apolillar por la nostalgia y me dice «Todos somos Chávez».

Ahora no sé, es tristísimo, es verdad. Pero tal vez no es así, y aunque duela lo percibo en otra dimensión, sin dejar de ser nunca presencia, voz, camino, presente y futuro.

Y aquella niña se me acercó ingenua, con la clara candidez infantil aunque traiga el oscuro saber de la desdicha. «Se murió Chávez», me soltó sin más. Yo no le creí. No le creo.

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