Sentimientos «nuestroamericanos» - Opinión

Sentimientos «nuestroamericanos»

Autor:

Isairis Sosa Hernández

Estas líneas estaban pensadas para ser escritas días atrás, pero la prematura partida física de Hugo Chávez fue como un sismo que de pronto sacudió el espíritu, de todos, entre ellos el de esta redactora.

Ahora que poco a poco va trocándose el dolor en ímpetu para asirnos de su legado y continuar sus sueños —desde los diversos escenarios de nuestra cotidianidad—, me detengo a compartir con los lectores experiencias vividas en la recién finalizada Feria Internacional del Libro Cuba 2013, en la que pude percibir que el sentimiento «nuestroamericano» aflora como nunca antes en los pueblos de nuestro continente, en gran medida por la voluntad de ese latinoamericanista empedernido que fue el Comandante Chávez.

Año tras año, cada encuentro con la mayor cita editorial cubana deviene saludable pretexto para escudriñar salones, carpas y estanterías de libros en busca de aquellos títulos útiles o acordes con nuestros gustos, profesiones y bolsillos, suerte de juego al «tesoro escondido» que me remite siempre a mi infancia.

Sin embargo, el «tesoro» simbólico que hallé esta vez en la fiesta literaria no fue, curiosamente, un libro, sino un imaginario boleto de ida y vuelta a Antofagasta, la ciudad chilena atrapada entre el desierto y el océano Pacífico.

La posibilidad de «trasladarme» hacia esa norteña región del país austral llegó al desandar la fortaleza San Carlos de la Cabaña y descubrir, en el stand dedicado a esa ciudad, una nutrida delegación de antofagastinos integrada por escritores, músicos, profesores, ingenieros, comunicadores, artistas de la plástica, cada uno deseoso de mostrarle al público cubano, de maneras diferentes y auténticas, lo más hermoso de su lejana geografía y lo más genuino de sus tradiciones culturales.

Así como en su ensayo Nuestra América, Martí aconsejaba que «los pueblos que no se conocen han de darse prisa para conocerse», a mí solo me bastó asistir un par de veces a las presentaciones que estos mensajeros del arte realizaron durante la Feria para saberme admiradora de esa porción de Chile, dueña de uno de los cielos más diáfanos del mundo y donde —según cuentan— pueden contemplarse a simple vista verdaderos espectáculos de estrellas.

Y a Antofagasta me fui en la voz de sus escritores. Recorrí el norte salitrero chileno y me acerqué a la historia del hombre de la pampa no ya solamente desde la letra impresa, sino desde las propias experiencias que contaron a los lectores cubanos quienes en tiempos pasados habitaron esa dura y hostil región, donde gobierna el reino del mineral y no abundan la flora ni la fauna, pero donde el ser humano llegó a convertir en pueblos esa soledad de planeta abandonado que suelen tener los desiertos.

Y de Antofagasta volví con la leyenda singular de ese baile típico que es la cueca brava, y que el grupo Kalaukán contó para nosotros; con el sonido contagioso del charango que el conjunto Punahue dejó retumbando en mis oídos; con las pupilas repletas de las fotografías de Glen Arcos y los lienzos de Luis Núñez San Martín que decoraron por aquellas jornadas las paredes de La Cabaña.

Pero en esos días en que más vi brillar en Cuba la historia y cultura antofagastinas, recibí de estos visitantes del «Norte Grande» de Chile —como dijera el poeta antofagastino Andrés Sabella— otra simbólica fortuna: la dulce fascinación con que cada uno me habló de esta tierra caribeña.

«Estoy encantada con el pueblo cubano. Es tan cálido, tan amable… Eso es algo que no predomina en mi región, donde las personas son más distantes», me confesaba la joven Nathalie, bailarina del grupo folclórico Kalaukán.

«La explosión juvenil que he vivido aquí en la Feria del Libro —me comentó David Rauld, director de esta agrupación—, solo la he visto en mi país en un concierto de rock. Es impresionante el desarrollo que tiene la lectura en Cuba. Esta visita ha sido mágica, porque hemos percibido que los cubanos conocen mucho de nuestra cultura, incluso más de lo que saben de sí mismos algunos chilenos».

Y en momentos en que vuelvo sobre estos sentimientos «nuestroamericanos» de admiración y respeto mutuos, viene a mi mente esa idea martiana de que «los pueblos no se unen sino con lazos de fraternidad y amor»1. Hoy, en América Latina, la profecía ha comenzado a desprenderse de la frase que la contiene para convertirse, al fin, en realidad.

1 José Martí, Obras Completas, Tomo I, página 94.

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