El sentido de ser

Autor:

Alina Perera Robbio

¿Qué es vivir?, me lo he estado preguntando por estos días en que, a pesar de todas las evidencias, me parece irreal que Hugo Chávez haya dejado de estar físicamente entre nosotros. El mundo ha vivido días de consternación, y de meditación; le nació un parteaguas en su corazón, un antes y un después, un vuelco del cual ninguna mujer u hombre de bien han podido sustraerse.

Hugo Rafael Chávez Frías era un hombre muy bueno, y para mí, era esa la principal luz de su grandeza. Ahí está su obra, su intensidad en 14 años de gobierno, sin contar el tiempo precedente de combate en pos de los pobres de la Tierra. Tuvo, por sentido de existencia, una gran causa: levantar la autoestima de su pueblo, anhelo que trascendió las fronteras de la patria venezolana para irradiar a la civilización misma.

Este hombre que tanto nos quiso tuvo el privilegio de vivir una vida preñada de sentidos. Su entrega final nos recuerda el viaje vertiginoso de una estrella sideral cuya desintegración nada puede aletargar o detener. Y esa es la lección más grande que nos deja: entender que nuestro paso por el mundo no merece ser un paso pedestre, sin más motivación que la suerte a ras de lo sensitivo. Que hay mucho de hermoso en encontrarle un sentido a nuestro actuar, en levantarnos cada día sabiendo qué hacer por el bien de este mundo nuestro que empieza, como escuché decir a un gran pensador cubano, justo debajo de las suelas de los zapatos.

Los paradigmas, los que confieren altura espiritual a nuestra suerte de mortales soñadores, son seres extraordinarios como Bolívar, Martí, Ernesto Guevara, y tantos otros que lo dieron todo por la esperanza de millones de sus semejantes. Ellos son la brújula. Convertidos en leyenda, en símbolos, ofrecen la posibilidad de limpiarnos el alma de un montón de egoísmos, y de batallar —en viaje solitario y honesto al interior de nosotros mismos— para sacudirnos de múltiples pequeñeces que, inevitablemente, conforman la materia del Hombre.

En medio de las lágrimas, constatando una vez más que la vida es pasmosamente frágil y hasta inexplicable, entendemos con particular énfasis el valor de estar unidos, de ser solidarios, de ser dignos, valientes, de anidar en nosotros la mejor voluntad. En cuanto a esta última virtud, Chávez nos mostró la grandeza de su corazón muchas veces, pero qué grande tiene que haber sido su corazón cuando, como han reparado algunos, al extender al presidente Barack Obama el libro del escritor uruguayo Eduardo Galeano (Las venas abiertas de América Latina), brindó su mano y su amistad sincera…

Galeano, por cierto, expresaba cuando todavía la triste noticia estaba muy fresca, que en algún momento todos moriremos, lo cual es una ley de la naturaleza humana, pero que algo marca la diferencia: la huella de cada cual en su paso por la vida. En tal sentido, el prestigioso intelectual afirmaba que Chávez había sido un ser privilegiado, cuya entrega adquiere una trascendencia nueva después de su fallecimiento físico.

René González Sehwerert, uno de los cinco luchadores antiterroristas que han sufrido sin límites el ensañamiento del imperio por haber defendido la vida de millones de cubanos, expresaba hermosamente en un mensaje:

«Siempre tuvimos la esperanza de que con ese espíritu indomable nos volviera a decir su firme “por ahora” y que luego, levantándose por sobre las heridas de su cuerpo, el soldado se incorporara para seguir guiando a todo un continente hacia el futuro de justicia que tantas veces le ha sido escamoteado.

«No ha podido ser. Pareciera que el precio de ser tan bolivariano es el de extinguirse como el Libertador, como el volcán que todo lo incendia para luego apagarse de súbito. Pero queda la montaña, esa materia que fue lava ardiente, y que tras la extinción de la llama se convierte en faro, que nos señala inequívocamente el horizonte al que un día llegaremos para rendirnos a sus pies en perpetuo homenaje, las cadenas rotas y el haz martiano de naciones libres como ofrenda.

«En las lágrimas viriles que acompañan estas palabras se vierte mi compromiso con la justicia que buscó nuestro hermano Hugo Chávez; compromiso que no cejará mientras me quede un aliento de vida para honrarle con mi conducta. Compromiso que sé multiplicado por cinco en cualquier parte de este imperio cruel a que nos confinan el odio y la venganza».

En la dimensión de la vida, o en su reverso, los grandes nos están diciendo que en verdad la vida solo es edificante, bregar feliz, si está colgada de grandes anhelos, de justos sueños compartidos.

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