Ayúdate, que ayudarás - Opinión

Ayúdate, que ayudarás

Autor:

Luis Sexto

Antes de partir hacia Japón, Víctor Mesa comentó en la TV una verdad aplicable a todos los individuos en cualquier ejercicio. Se refería a un lanzador con facultades, pero cuyo rendimiento rozaba la yerba: «Conversé con él, y ahora parece que quiere ayudar». El aciclonado ex jardinero central y exigente director de la novena nacional ilustraba así la actitud del que quiere vivir contento consigo mismo y ganar el respeto de sus compañeros de equipo: actuar en sintonía con la dimensión y las demandas de su talento, sus aspiraciones, y de las aspiraciones y necesidades de la sociedad en la que uno nació y se formó.

Ante lo dicho, uno supone que para querer ayudar hace falta querer ayudarse. Porque —y ahora me aparto del béisbol— si usted tiene facultades para lo alto y no le interesa llegar a su estatura potencial, usted no merece ni siquiera una oportunidad. Porque quien tiene talento como uno, y actúa según sus potencialidades, es un ciudadano meritorio ante sí y los demás. Pero si tiene talento como tres y actúa y se adscribe al uno, usted posiblemente sea víctima de su abulia, o de su renuencia a ayudarse y a ayudar. Usted puede, pero no quiere. Ni estima que debe.

Pero uno no puede culpar a otros de la propia ignorancia o de la propia reluctancia. Es común poner en los demás la responsabilidad de los errores que nos pertenecen. Por tu culpa. Frase que, como un conjuro, venimos oyendo desde niños. Quizá muchos años de predominio del paternalismo, incentivó la tendencia humana a defenderse mediante la justificación o habituó a ganar las cosas sin mucha aplicación.

No habrá, por supuesto, que generalizar, pero a veces se obtuvo un bien o un puesto o un diploma sin excesiva puja. Quién no vio condecoraciones laborales masivas hasta el punto de llegar a decir un tanto en broma: «to’ el mundo e güeno». Y sin embargo, ciertos planes no se cumplían, y la calidad era de tercera. Y no porque no se hubiese alertado. Incluso, la CTC, en un momento, advirtió que debía premiarse el resultado, no el esfuerzo. Pero la tangente ejercía su dominio en nuestras relaciones laborales y sociales. Y no era extraño ver postergados, sin méritos y diplomas, a los más efectivos y capaces, porque no cumplían un requisito secundario.

De requisitos secundarios, es decir con escasa determinación en la eficiencia, eficacia y efectividad del trabajo, se colmaron nuestras exigencias para realzar al menos apto, en un afán justiciero con puerto de llegada en una paradójica injusticia distributiva, cuya secuela consistió en cierta parálisis de las fuerzas productivas ante el emparejamiento de talentos y efectos desiguales.

Según la lógica, no se igualan el más y el menos, lo mejor y lo no tan bueno o lo meramente deficiente. Aún no parece que todos nos hayamos convencido de que los puestos no se reservan para los nombres, sino que se han de buscar los nombres, como tanto se ha repetido, para los puestos, de modo que evitemos la gangrena del ánimo ante la evidencia de un nombramiento inmerecido. ¿Creeremos al fin que lo más conveniente para la justicia en nuestra sociedad, es que el talento demostrado y el esfuerzo traducido en obras compongan el rasero para distribuir méritos, créditos, salarios y asignar cargos?

Aparentemente vuelvo a ideas ya comentadas. Pero más que repetir, insisto. Insisto en que la falta de aptitudes y actitudes continúa en nuestros calificadores, al menos en una variante muy clara, cuya incidencia uno detecta, particularmente, en bases municipales: algunos de cuantos yerran o delinquen en un cargo, poco tiempo después acceden a otro de mayor responsabilidad política o administrativa. Ocurre. ¿Y ello qué significa? A mi parecer, posiblemente continúe influyendo la máxima de contar con los nombres conocidos, porque es preferible… ¿Es preferible el error conocido al que está por cometerse? Tal vez, como sentenció alguien que he olvidado, toda función para la cual no se está preparado, se ejerce sin moral.

Y si la nueva mentalidad, tan invocada por urgente, condujera nuestras acciones, nos negaríamos a improvisar, o a decidir sin pensar, o a permanecer en la oficina sin pulsar mediante la experiencia dónde la vida se retrasa, dónde la gente no sabe por qué ni cómo actuar y por ello espera la palabra esclarecedora, la orientación cierta para saber hacia dónde se orienta el país, en qué consiste la nueva estrategia. ¿Podemos confiar en que todos han leído los Lineamientos y los han interpretado rectamente?

Tanto hoy como ayer, hacer lo que se puede o animarnos con el «sí se puede», necesita de una contrapartida. Si hago lo que puedo, quién asegura que no puedo hacer más. Por tanto, aptitud y honradez, poder y deber se han de mezclar para ayudar y ayudarse.

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