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Errar es humano, pero…

Autor:

Herminio Camacho Eiranova

Con demasiada frecuencia no nos detenemos a meditar serenamente antes de tomar decisiones, incluso si son trascendentales y de alguna forma pueden afectar nuestro futuro o el de otros, lo cual es mucho más irresponsable. Cuántas veces actuamos impulsivamente y, por ejemplo, hacemos o decimos cosas que pueden herir a quienes queremos y nos quieren, e incluso malograr una relación.

Sin embargo, es bien conocido que el atropello y la precipitación al actuar o decidir, lo mismo que hacerlo a partir solo de impresiones, son fuentes habituales de errores. Es por esta causa que hay que reservar para el análisis previo el tiempo que cada determinación requiera, sin permitir que interfieran las emociones más allá de lo imprescindible, y no proceder irreflexivamente. Todo ello minimiza la posibilidad de cometer faltas, si bien es cierto que no nos vacuna contra ellas.

Exhortaciones al estilo de «¡No se pueden equivocar!» son solo válidas como advertencia de que resulta ineludible que no desviemos la atención de aquello en lo que nos empleamos, mas tomarlas al pie de la letra puede llevarnos a un estado de tensión que predispone a cometer los desaciertos que se pretende evitar.

En cualquier caso, ¿quién no ha errado alguna vez? A mi juicio es legítimo y entendible, aunque tal consideración en modo alguno exime de la obligación de responder por las consecuencias de estos yerros, en dependencia de las cuales estos serán más o menos graves.

Nunca pueden perderse de vista las posibles derivaciones de nuestros actos para definir cuáles requieren mayor aplicación y cautela, y así no poner en riesgo lo estratégico, lo esencial. En relaciones de cualquier naturaleza, digamos, a menos que lo hayamos pensado con detenimiento no debemos movernos a posiciones extremas, a puntos de no retorno; ni quememos las naves. Puede que funcione si queremos transmitir un mensaje categórico, pero en no pocas ocasiones es contraproducente, ya que si la decisión fuera desacertada no hay adonde regresar.

Ahora bien, no basta con comprender la importancia de un análisis mesurado si al efectuarlo no evaluamos todos los elementos necesarios, o le damos a unos mayor valor que el que tienen, mientras a otros no les atribuimos su real connotación.

Por otra parte, aunque es cierto que errar es humano —Errare humanum est, como afirmara el filósofo romano Séneca el Joven—, en realidad en incontables oportunidades la forma en que lo hacemos pone en entredicho nuestra superioridad en la escala biológica. No es muy lógico que si podemos acceder al conocimiento por vías distintas a la experiencia, en ocasiones nos equivoquemos por subestimar lo atesorado generación tras generación, o quizá durante toda la vida por una persona que nos lo ofrece con el ánimo de que no tropecemos tozudamente con la misma piedra que ella.

Claro está, debemos saber discriminar: no todos los que nos aconsejan obran con buenos propósitos, ni todos los que los tienen pueden ofrecer recomendaciones útiles, ya que a veces son incapaces de resolver incluso sus propios problemas. Y al definir qué argumentos aprovechar y cuáles desechar procuremos ser objetivos, pues ocurre que somos más propensos a escuchar a quienes nos dicen lo que queremos oír para apuntalar una resolución virtualmente adoptada.

Además, no solo debiéramos prestar atención a consejos provechosos, sino ser proactivos y pedirlos, un hábito saludable y un excelente antídoto contra los errores.

Una alerta es necesaria: procurar criterios de otros no significa que ellos tomen decisiones que son nuestras, lo cual no deberían alentar quienes indebidamente las asumen, ya que le quitan la responsabilidad con estas a los que debían tenerla y, además, corren sin necesidad el riesgo de equivocarse.

Igualmente deja muy maltrecha nuestra reputación como especie superior la facilidad con que no pocos Homo Sapiens actuales reinciden en los mismos o similares yerros.

Debemos poner todo nuestro empeño en evitar los fallos, y si ocurren, no podemos conformarnos, sino analizar sus causas y extraer las enseñanzas que permitan prevenir que se repitan. De nuestros errores hemos de aprender, como de nuestros aciertos.

Tampoco podemos pensar que equivocarnos es el fin del mundo. En definitiva, solo le pasa a quienes no están cruzados de brazos. Mucho más grave es no reconocer las faltas y, peor aún, fingir que no han ocurrido y creer, ingenuamente, que así podremos escapar de sus consecuencias.

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