La felicidad interna bruta - Opinión

La felicidad interna bruta

Autor:

Ricardo Ronquillo Bello

La posmoderna y tecnocrática humanidad está desafiada por un Estado «meñique» entre las montañas asiáticas. Eso dije en el año 2011 y merece recordarlo este 20 de marzo, cuando Naciones Unidas convoca a celebrar por vez primera el Día Internacional de la Felicidad.

La Asamblea General del organismo mundial aprobó la fecha en junio de 2012, después de que el primer ministro de Bután, Jigme Thinley, solicitara la festividad. La pequeña nación tuvo el gigante atrevimiento de deslindarse al medir el desarrollo de los vaivenes del producto interno bruto, para hacerlo con algo tan maravillosamente carnal y sensible como la felicidad bruta interna.

Mientras más se repasa la «excentricidad» de Bután, decía entonces, en un mundo gobernado por el financismo y el mercadeo extremistas, mayor es su punto de contacto con lo que debe aspirar la Cuba de la actualización económica, en circunstancias completamente distintas.

Según analistas, los líderes budistas y el pueblo de Bután buscan combinar la modernización económica con la solidez cultural y el bienestar social. La felicidad bruta interna va mucho más allá del crecimiento generalizado y a favor de los pobres. También se interroga cómo se puede combinar el crecimiento económico con la sustentabilidad ambiental, cómo preservar su igualdad tradicional y fomentar su legado cultural único, y cómo los individuos pueden mantener su estabilidad psicológica en una era de cambio rápido, signada por la urbanización y una avalancha de comunicación global.

Cuando se profundiza en semejantes presupuestos, se concluye que pocos espacios planetarios cuentan como Cuba con un sedimento tan esencialmente humanista para profundizar en propósitos parecidos, desde que el archipiélago despertó al enero de 1959 con el triunfo de una insurrección que situó al hombre, su libertad, esperanza y felicidad en el centro de todas las cosas; pese a que algunos lo olvidaron en estos años de crisis materiales y espirituales, laceraciones y resurgentes individualismos.

Ello es posible en la Cuba del futuro pese a los bien intencionados errores de idealismo cometidos en estos años de desbroce en el ignoto camino al socialismo, una de cuyas consecuencias es, precisamente, la de haber querido repartir más bienestar del que permitía la economía con sus implacables lógicas, terminando por crear desproporciones e insatisfacciones que busca enmendar la reactivación nacional en marcha.

Olvidamos al venerable Marx en sus alertas de que la base económica determina la superestructura, y el reajuste de hoy intenta corregir esa falta de consecuencia con los clásicos del socialismo, pues solo el tronco anchuroso de la economía puede hacer crecer perdurablemente las ramas de la felicidad.

Precisamente el impulsor de la iniciativa internacional que celebramos este 20 de marzo sostuvo, durante su participación en el I Congreso de la Felicidad, que «no se puede ser realmente feliz a menos que las personas que te rodean sean felices».

Pero el extraño sueño de Bután trae otras advertencias. Lo hace contra quienes desde dentro alimentan ciertas ideas de «socialismo neoliberal», que nada tendrían que ver con los presupuestos de la actualización. Ignorantes de que en la esquina histórica de 23 y 12, en La Habana, se proclamó hace casi 50 años, víspera de los combates de Girón, que la cubana era una Revolución de los humildes, por los humildes y para los humildes, y por ello Socialista.

Esas visiones nos conminan, como recientemente sentenciara Graziella Pogolotti, a rescatar, atemperado a las premisas de la contemporaneidad, y extrayendo las lecciones del propio aprendizaje secular, nuestra plataforma, válida para el porvenir y para dar respuesta a nuestros desafíos.

La Cuba de la actualización económica y social está plantada frente a la necesaria refundación de su humanismo. Pues como explica la prestigiosa intelectual, más que ninguna otra, la circunstancia nacional exige la asunción de esa perspectiva.

Sencillamente, como ya afirmé aquí, hay que aprender a guiar de forma eficiente la economía, para que soporte esa renovadora placidez sustentable que está en el horizonte de todas nuestras utopías, y termine por regalarnos algún día el índice más alto posible de felicidad interna bruta.

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