Nosotros mismos

Autor:

Yoelvis Lázaro Moreno Fernández

En un país que se actualiza marcando el rumbo de su propio tiempo, sin prisa, pero sin pausa, buscando acertar los mejores caminos desde las complejidades de una hora que exige pensar con tino, evitar ambigüedades y vueltas atrás, el instinto de construir y crear —como expresión primera del individuo que luego busca convertirse en forja colectiva— ha de ser pieza angular que soporte todo principio.

A inicios de aquella Revolución de barbudos y rebeldes que bajó triunfante de la Sierra, sudorosa, ensanchada, fresca, con un traje colosal para ajustárselo a su medida, pero dispuesta a vestirse siempre de hombre y pueblo, el Che advirtió, quizá como premonición de épocas futuras, que el camino sería largo y desconocido en parte. «Conocemos nuestras limitaciones. Haremos al hombre del siglo XXI nosotros mismos».

No hay que interpretar demasiado esta sentencia guevariana para reconocer que el visionario empeño de transformar aquello que lo merezca obliga a ubicar la génesis de cada proceso o proyecto en uno mismo, desde uno mismo, con uno y por uno mismo, si se quiere hallar finalmente una voluntad que comprometa y se encauce hacia estadios y formas superiores de organización en la sociedad.

Lo que no encuentra, ante todo, explicación, asidero y motivaciones en el hombre como individuo, difícilmente logre cuajar en verdad como realización concreta y compartida.

Sustento este criterio tomando casi como obligada referencia esas ideas que a veces se asumen y acatan con estricta verticalidad, sin que permitamos darle el viso particular y distintivo del contexto, y que de ese modo instemos a que cada cual encuentre para sí la motivación, el estímulo y la voluntad que solicita cualquier propósito, por muy movilizativo, frágil o irrelevante que parezca.

Será de ilusos pensar que triunfará más fácilmente o en mejores condiciones lo que se acata por imposición —y en último grado hasta por simple disciplina— que lo que vive un ciclo de diálogos y observaciones, se engendra de forma natural, paso a paso, y se conduce racional y democráticamente por las sendas del entendimiento y el juicio colectivo. No valdrá mucho que el hombre se vea obligado si no desarrolla el acto como un proceso incorporado plenamente a su conciencia.

Pero también nos decía el Che, desde la exigente postura de aquellos minutos fundacionales de hace ya más de cinco décadas, que la única forma de impulsar las tareas es yendo delante de ellas, mostrando con el ejemplo cómo se hacen, no diciendo desde atrás cómo se deben hacer.

Y es que, justamente, en la combinación de equilibrar lo modélico, lo que ha de ir abriendo filas como paradigma, con la fuerza procreadora de uno, radica la mejor alianza para la concreción oportuna, viable y creíble de aquello que se quiera.

Cuba, y sus cubanos de hoy y siempre, en esta época de «poco a poco», de «innova aquí, experimenta allá», merecen ser actores y guionistas al mismo tiempo. Merecen servir a la mesa, casi al unísono, la propuesta y la iniciativa. Cuba cambia, y con ella estamos obligados a cambiar y a cambiarla nosotros mismos.

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