Productividad sin descuidar el detalle - Opinión

Productividad sin descuidar el detalle

Autor:

Mayra García Cardentey

Si de algo no podemos quejarnos los cubanos es de la capacidad para situarnos ilimitadas metas. Somos los «genios» de las grandes soluciones y proezas, capaces de una hazaña a corto o mediano plazo, solo comparable con las encomiendas de los héroes griegos.

Pero, como todo protagonista mitológico, tenemos nuestro talón de Aquiles: la asunción de las pequeñas tareas, minúsculos detalles que, acumulados en el tiempo, convierten lo salvable en una hecatombe.

Habitamos una sociedad en tránsito, que a la altura de más de 50 años de Revolución necesita concretar su proyecto social deseado y hacerlo con apego a la sostenibilidad económica.

Ahora la realidad nos impone que todos seamos productivos, eficaces y eficientes, pero es preciso que sepamos diferenciar un vocablo de otro y asumir consecuente y sistemáticamente los retos de este cambio, eludiendo así el riesgo de trocar aquellos términos en consigna de moda.

No basta con que la meta esté dispuesta —lograr productividad es la tarea del momento— y haya voluntad de llegar; importa cómo acercarnos, esto es, pensando en los detalles y de manera que todos distingan qué sendero habremos de tomar.

Pero ¿cómo hacerlo? A veces no logramos descifrar el dilema a cabalidad. Pienso, por ejemplo, en lo que le ocurre a algunos conocidos, hoy trabajadores por cuenta propia, a los que el éxito los indujo a pensar que proponer su servicio y generar ingresos de manera rentable es poco menos que matemática de bodega, perdiendo de vista sustanciales pormenores, como aquello de que sin calidad no hay cliente. Este mismo mal puede gravitar sobre ciertas empresas estatales, con directivos acostumbrados a un modo de administrar —y un presupuesto cubría toda suerte de pérdidas— y que ahora tienen ante sí el reto de identificar producciones y mercados en un contexto de descentralización.

En uno y otro caso, los encargados de la toma de decisiones dejan ver que no cuentan con las herramientas o facultades necesarias para dirigir correctamente su entidad hacia otro nivel productivo, competitivo y sostenible.

Consecuencias: para los segundos, planes ilógicos, improductividad, estado comprometedor de la salud empresarial y hasta deudas con las arcas del Estado, por las medidas extremas asumidas con tal de lograr una meta imposible. Para los primeros, la desilusión de no llegar a la bonanza añorada de una manera fácil, e incluso la devolución de la licencia.

¿Cuántos, antes de encomendarse a tan magnos empeños, realizan un lógico estudio de necesidades, una estrategia de mercadotecnia y proyección para su empresa o negocio?, ¿cuántos pensaron en la disponibilidad de recursos, en las variantes ante la escasez, en la oferta-demanda, en el circulante monetario en la población en tiempos complejos, en la competencia…?

Algo dejan bien claro esas lecciones: no se pueden obviar los detalles. Hay que transformar la economía, pero cambiando a la par el modo de pensar, la mentalidad sobre los procesos económicos para, en su justa medida, promover, incentivar y hasta apresurar los resultados de los cambios.

No vale soñar y experimentar: en estos momentos hay que andar con pasos seguros y pensamiento adelantado, económico. «Con luz larga», como se dice.

De nada vale actualizar legislaciones si pensamos en producir lo que no se compra. Necesitamos ideas creadoras, nuevos pensamientos aunque implique colocar a otros directivos al frente de las empresas, necesitadas ya de ser solventes.

Hay que pensar en el ahora, producir para el presente, pero sobre todo para garantizar el futuro. No es tiempo de improvisar en nombre de una economía que no logrará ser productiva a la fuerza.

La meta, como siempre, es grande, pero de una vez por todas no perdamos de vista el detalle. No habrá economía mejor y saludable sin nuevas maneras de asumirla. De nada sirve que luchemos ingentemente contra la falta de productividad si asumimos aún las estrategias con sedentarismo.

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