La maestra Barbarita

Autor:

Adianez Fernández Izquierdo

Fue mi primera maestra, quizá por eso la recuerde más. Pero creo que no, fue su dulzura, la entrega en cada día de clases, y esa capacidad enorme que tenía para llegar al corazón de los niños y alojarse allí para siempre, lo que me hace recordarla.

Cuando apenas despegaba yo unos centímetros del piso, me enseñó el arte de descifrar las letras y abrió a todos las puertas del mundo de los libros, esos amigos que, con su modesta intervención, nos extendieron la mano, pues fue ella la primera en descifrar esos raros códigos que nos separaban de entender un cuento.

Cuando hablaba con esa voz dulce de maestra, hasta el más inquieto callaba. Ella era la musa de los cuentos. De su boca llegaron las historias de La edad de oro, Nemesia, La cucarachita Martina, Ricitos de oro. Y aunque llegué a memorizarlas todas, prefería su narración melodiosa.

Sus enseñanzas fueron más allá de las vocales, los colores y los primeros números. Nos enseñó a compartir, a saludar, a portarnos bien, y era de esas que acompañan a los niños a tomar agua y al baño, como si fuera una mamá, para que no les pasara nada. De hecho, no pocas veces a algunos se nos escapó un «mamá» cuando la requeríamos para algo.

Con celo guardo una tarjetica que entregó a cada uno de nosotros al terminar el prescolar. Es mi pequeño tesoro. Una constancia de que esa maestra a la que todos querían fue un día Mi maestra.

La recuerdo frente al franelógrafo, o al componedor —gigante entonces—, o recortando figuritas, o contando un cuento, o mejor, saltando a la par nuestra en las clases de Educación Física, haciendo las veces de conejito y otras de ranita o de canguro, siempre con la sonrisa y el beso a flor de labios.

Muchos profesores le sucedieron y abrieron otras puertas a otros mundos de conocimiento. Pero Barbarita fue especial, como lo deben ser para todos los niños sus primeros maestros. Hasta después de haber pasado por su aula, estaba pendiente de nuestras vidas y de cuanto nos ocurría.

Desgraciadamente ya no está. Hace algún tiempo dejó la escuela y también este mundo, pero para muchos de los que pasamos por sus aulas, seguirá siendo esa mujer toda ternura que un día quiso ser mamá de todos y enseñarnos a dar los primeros pasos de nuestras vidas.

Llegue a todos los maestros, todos los días, la gratitud nuestra, porque con sus manos crean el futuro de la humanidad e intentan llenarla de gente de bien.

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