La tortura del domingo

Autor:

Susana Gómes Bugallo

Esta vez fue peor. De lo contrario me hubiese calmado, lo hubiera soportado y no estuviera escribiendo esto. De lo contrario hubiese quedado en la anécdota de una falta de respeto más, otra molestia de las tantas a las que a veces le pasamos por el lado, saludamos con un gesto de la cabeza y le dejamos seguir su triunfal camino, dibujando dolores de cabeza para cada transeúnte desafortunado.

Esta vez no fue así de simple. Y no me puedo quedar callada. Mis manos no pueden silenciarse luego de haber presenciado el irrespeto ante Enrique Molina, Reinaldo Miravalles, Paula, Alí, Eslinda Núñez, Laura de la Uz, Luis Alberto García, Gerardo Chijona, todo su equipo de trabajo, mis amigos, los que asistían con interés al cine Yara ese día… y yo.

Los implicados: los poseedores de cada móvil encendido y sus constantes tonos musicales; cada llamada atendida en medio de la función por la «intransitable lejanía» que separaba los asientos donde nos ubicábamos todos, de la salida más cercana a un lugar privado y sin causar interferencias en el sonido ambiente; cada espectador retrasado que irrumpía en la sala media hora después y pedía a gritos —como si estuviera en su derecho, a esas alturas del filme, de alejarme del sonido de la pantalla— «¡Una acomodadora!».

Doy por supuesto que ya se imaginan ustedes, además, lo de siempre, «lo que toca por la libreta» (como diría mi gran amigo imaginario Pánfilo): avezados en la trama del filme que contaban cada diez segundos (aproximadamente) su versión de los hechos que sucederían en la próxima escena, con un gusto no tan artístico ni cinematográfico. Casi insoportable.

La suerte, la garantía de mi permanencia, fue ver cómo mis amigos soportaban estoicamente aquella que había prometido ser una tarde inolvidable. ¿Qué haré para la próxima, yo que me empeño en convencer siempre de que la experiencia de la sala oscura y el estreno es mayor que cualquier comodidad e intimidad del hogar, dulce hogar?

Creo que me sigue obligando el destino a visitar uno de mis lugares predilectos —que solo emula con el Coppelia cuando hay chocolate— completamente a solas. ¿Quién volverá a sufrir otra tortura conmigo como la del pasado domingo?

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