Escuela y Nación - Opinión

Escuela y Nación

Autor:

Graziella Pogolotti

La memoria histórica se preserva en libros y documentos. Hay, sin embargo, otra vía, intangible, integrada al imaginario popular. En ella se entremezclan mitos y leyendas de transmisión oral, el anecdotario de la familia, los acontecimientos locales, asociados a sitios y monumentos. El poder impalpable del recuerdo tuvo, en los inicios de la república neocolonial, una manifestación que siempre ha motivado en mí el asombro y la meditación.

Sabido es que la obra de José Martí era casi desconocida en Cuba hasta que comenzó a publicarse sistemáticamente a partir de la segunda década del siglo XX. Patria circuló de manera limitada. La labor periodística del Apóstol se dio a conocer en la prensa latinoamericana. En los círculos revolucionarios establecidos en Estados Unidos, su influencia se ejerció a través de la oratoria. Y, sin embargo, concitó la devoción de las grandes mayorías. La estatua erigida en el Parque Central pudo hacerse gracias a la cuestación pública y espontánea. A lo largo del tiempo, el imaginario memorioso se va modelando por todas las instituciones existentes en la comunidad. Una de ellas es la escuela.

Un libro publicado por la Editorial Ciencias Sociales y escrito por el historiador Joel Cordoví rescata el papel desempeñado por los maestros cubanos durante la primera etapa de la república neocolonial, antes de la creación de las Escuelas Normales. España había dejado en la Isla una miserable infraestructura escolar. La intervención norteamericana incluyó este aspecto en un programa de reformas orientado a complementar la penetración económica en el ejercicio de un dominio de nuevo tipo. Dos contingentes de jóvenes recibieron becas para cursar una escuela de verano en la Universidad de Harvard.

Algunos como el historiador Ramiro Guerra y el poeta Regino Botti llegarían a convertirse en prominentes figuras de nuestra vida nacional. El escritor guantanamero dejó un valioso testimonio sobre esa experiencia, revelador de una temprana intuición crítica de las intenciones ocultas tras el proyecto. Sin embargo, el experimento no alcanzó los resultados esperados. Mucho más poderoso, el imaginario nacionalista convirtió la escuela pública cubana en exponente de una cultura de resistencia, depositaria de los más puros valores de la nación.

Anémico fue el presupuesto concedido para cubrir gastos de instalaciones y salarios. Pero al llamado de la situación emergente acudieron hombres y mujeres procedentes de las capas populares dotados con frecuencia de instrucción rudimentaria. Unida a la voluntad de hacer, la sensibilidad humana proveyó lo necesario. Enseñar fue un modo de comprometerse de lleno con un apostolado. Por iniciativa propia, buscaron apoyo en la comunidad y atendieron de forma especial problemas derivados de ambientes familiares inadecuados. Se fueron superando poco a poco, apremiados por los exámenes anuales concebidos para ratificar su idoneidad y recibieron ayuda de publicaciones que mantenían permanente actualización sobre debates pedagógicos suscitados dentro y fuera de la Isla.

Desde principios de siglo comenzó a delinearse una polémica que, bajo diferentes nombres y etiquetas, se mantendría vigente durante cien años. Se trataba de definir el objetivo fundamental de la educación. La influencia del pragmatismo norteamericano privilegiaba el aspecto reduccionista y utilitario, supeditado a las demandas del mercado laboral. Más arraigados en la tradición nacional, otros favorecían la necesidad de sentar las bases de una formación integradora para la vida y la conducta ciudadana responsable, asentada en altos valores morales.

En las circunstancias adversas de un país arrasado por la guerra, frustrado en muchas de sus expectativas por la intervención norteamericana y la Enmienda Platt, ahogada la pequeña propiedad rural por la invasión del latifundio azucarero, los encarnizados defensores de la escuela cubana encontraban fuente de inspiración en los supervivientes de la lucha y en las víctimas de la reconcentración impuesta por Valeriano Weyler. Respondían a un ideario nacionalista despojado de chovinismo y ajeno a etiquetas doctrinarias por corresponder orgánicamente a una auténtica experiencia histórica. El sueño redentor sobrevivió a todos los avatares y resurgió con ímpetu en los procesos revolucionarios de los años 30 y 50 del pasado siglo.

Cierta rutina intelectual nos ha conducido a limitar la historia del pensamiento pedagógico cubano a la triada ilustre conformada por Varela, Luz y Varona. Olvidamos con frecuencia que en este aspecto, como en muchos otros, José Martí dejó lecciones imperecederas, explícitas a veces e implícitas siempre en su prédica revolucionaria. Aprendimos de él que la verdad se encuentra en la raíz de las cosas y de los acontecimientos y que se trata, ante todo, de formar hombres y mujeres de mente abierta y pensamiento original, capaces de seguir edificando el destino de nuestra América.

Herederos de una tradición pedagógica, los maestros de las escuelas públicas cubanas tejieron una red sutil con fuertes hilos de acero que funcionó como vía de transmisión de una memoria constitutiva de un imaginario poderoso, capaz de ofrecer resistencia a las formas de dominación económica y cultural. Preservaron la decencia en medio de la pobreza. Para salvaguardar los fundamentos esenciales de la dignidad humana. Su ejemplaridad no tuvo que apelar a consignas retóricas. Dimanaba de una conducta cotidiana reconocida por la comunidad, sustentada en una ética insobornable, solidaria y equitativa. Fueron asidero para la esperanza durante el transcurso de una república corrupta, bajo Gobiernos que alternaban el usufructo del poder para saquear los fondos públicos, incluidos los presupuestos destinados al Ministerio de Educación. Porque nos enseñaron que la patria es ara, nunca pedestal, merecen nuestro recuerdo agradecido.

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