Cuando los malos son de EE.UU.

Autor:

Lázaro Fariñas

Los Estados Unidos tienen diferentes estándares para juzgar las cosas. Como siempre digo, los ejemplos sobran. Arabia Saudita tiene un sistema dictatorial, represivo y repugnante, sin embargo para el Gobierno de los Estados Unidos eso no tiene la menor importancia y ha establecido con esa nación sus mejores relaciones.

Sin embargo, a solo kilómetros de allí está Irán, que tiene un sistema mil veces más abierto que el de Arabia Saudita, y para Washington se trata de un Gobierno despótico, terrorista y criminal, el cual hay que eliminar de la faz de la Tierra por el bien de la humanidad.

Es decir, la regla que se aplica para juzgar a Irán no se aplica para Arabia Saudita. Dicen que los países no tienen amigos sino intereses, y este país en donde vivo es un clásico ejemplo de lo anterior.

Cuando el Sha de Irán gobernaba en aquel país, el Gobierno norteamericano tenía excelentes relaciones diplomáticas y comerciales con el mismo. Entonces no le importaba a los gobernantes de este país que el Sha fuera un dictador que violaba cada uno de los llamados derechos humanos. Los intereses comerciales y estratégicos llevaban a la Casa Blanca a tener con el dictador la mejor de las relaciones, hasta que este fue derrocado por los fundamentalistas musulmanes. Hay que recordar que le viraron la espalda al Sha cuando este tuvo que salir, como bola por tronera, de su país y ya no representaba nada favorable para sus intereses.

¿Y qué decir del Iraq de Saddam Hussein, el hombre fuerte de aquel país, el aliado incondicional, a quien había que ayudar en su guerra contra Irán? Muchas fueron las armas y la información de inteligencia que le dieron a Saddam para que ganara ese conflicto. Por aquellos años, Saddam no era el dictador asesino y terrorista, como años después lo describieron al mundo. Entonces era el aliado ideal que combatía con las armas en las manos a su enemigo terrible.

Cientos de miles de muertos de ambas partes costó aquel enfrentamiento, aunque algunos afirman que causó más de un millón de bajas durante sus ocho años, desde 1980 hasta 1988. En aquellos momentos, los gobernantes norteamericanos no tuvieron ningún reparo en aliarse con Saddam, pero cuando a este se le ocurrió la estúpida idea de ocupar Kuwait, el aliado —por obra y

gracia de los intereses petroleros norteamericanos— se transformó en un terrible dictador, terrorista y criminal al que había que eliminar. De pronto, había que satanizar al que, hasta hacía poco, había que santificar.

El Gobierno de los Somoza en Nicaragua fue, por decenas de años, ayudado, apoyado y financiado por Estados Unidos. Será dictador, pero es nuestro aliado, decían los funcionarios de este país. Cuando los sandinistas derrocaron a los somocistas y estos tuvieron que salir corriendo, les pasó más o menos lo mismo que al Sha, los abandonaron a su suerte. Entonces, a Nicaragua le ocurrió lo mismo que a Irán: había que satanizarla. A quienes derrocaron al dictador había que derrocarlos, demonizarlos, destruirlos, y así, el Gobierno norteamericano organizó, entrenó, financió y abasteció a miles de hombres para una guerra sucia contra los sandinistas, con resultados que no es necesario enumerar. Así, los malos son buenos y quienes los derrocan, se convierten en malos.

Hace unos días un abominable acto terrorista se llevó a cabo en la ciudad de Boston. Mentes enfermas hicieron explotar unas bombas en donde miles de ciudadanos inocentes se habían congregado para presenciar una maratón que allí se llevaba a cabo. Los criminales terroristas actuaron sin importarles, en lo más mínimo, las vidas humanas que iban a perecer. Claro, a los terroristas lo que les importa es crear el terror. Sin tener ninguna pista de los autores del criminal acto, en solo un par de días las autoridades descubrieron quiénes eran los implicados. Bien difícil era encontrar a aquellos asesinos, sin embargo con rapidez increíble fueron capturados.

Por estos días, se cumple un año de un acto terrorista llevado a cabo en Miami contra una compañía que fletaba vuelos a Cuba. Hasta el momento, nada se sabe de los autores del mismo. Gracias a Dios que en el acto de Miami no hubo víctimas humanas, aunque pudo haberlas habido. ¿Cómo es posible que, después de un año, un acto simple de terrorismo llevado a cabo en Miami no se haya resuelto y uno tan complejo en Boston se resolvió en un día? ¿Será que hay terroristas malos a quienes hay que encontrarlos y terroristas buenos a quienes hay que dejarlos caminar libremente por las calles de esta ciudad?

*Periodista cubano radicado en Miami

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