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Mi madre se abre paso con todas las armas

Autor:

Melissa Cordero Novo

No solo admiro a mi madre por las razones elementales que todos —o casi todos— tenemos para admirar a las madres. No se trata de la cuenta enrevesada que hace para llegar a fin de mes, ni la manera loca en que desbarata los cables de corriente para arreglar la hornilla eléctrica.

Hace poco más de un año ella decidió retirarse. Dejar el puesto donde se ha laborado por más de 25 años y acostumbrarse a una rutina diferente puede desencadenar inadaptaciones si no existe una preparación psicológica anterior. Hay quienes se deprimen y se consumen dentro de la oscuridad del hogar, sin atinar a ver una nueva realidad que también tiene soles.

Pero nada parecido le sucedió. Creo que es uno de los pocos seres conocidos que tenía unas ganas exorbitantes de retirarse, y así lo planificó desde mucho tiempo antes. Los motivos no interesan demasiado, ni minimizan el hecho de que supuso un cambio radical de la estabilidad en casa. Reorganizar los salarios —su pensión y mi incipiente pago de adiestrada—, redistribuir las tareas y planear «otra vida» fueron las metas inmediatas.

Lo admito: tuve miedo. Pero mi madre no. Por suerte. Con la jubilación ella no hizo sino transformar de manera radical esa inercia que a muchos aturde y encontró formas múltiples de esparcirse y sentirse realizada en la nueva etapa, ejemplo que me impresiona.

Lo primero que hizo fue una búsqueda exhaustiva de las opciones que le interesaban. Luego salió a cazarlas. No fue fácil, hubo negativas, aspectos mal organizados que la hicieron rebotar —como una pelota contra dos paredes— de un lado hacia el otro, pero al final lo consiguió. Hoy —puede afirmarse— es una jubilada satisfecha, con miles de quehaceres que nada tienen que ver con extraer puntualmente los mandados de la bodega.

La Cátedra del Adulto Mayor fue el primer destino. Ya se ha graduado dos veces, pero continúa regresando. Allí recibe clases de cuestiones que le interesen al grupo, puntualizando en las referentes a vivir mejor con más años. Organiza exposiciones de objetos útiles hechos a mano, participa en eventos, realiza trabajos investigativos, viaja, escribe cuentos, planifica fiestas (siempre hay un motivo para inventar alguna)… Se asoció además a un grupo de jubilados del sindicato de la Construcción, que de forma similar organizan estas y otros tipos de actividades.

Lo segundo fue hacerse miembro de un coro, aun cuando el canto solo germinara desde su afición por estar horas con el oído pegado a la radio. Ya la sorprendí haciendo maracas con pomos y chícharos, y una cesta para acompañar al yerberito, y una libreta donde anota las letras de las canciones para que no se le olviden. El Coro de la Alegría, así se nombra esta unión de voces tan singulares guiadas por un muchacho que les tiene una enorme paciencia. Se han presentado en disímiles sitios y participado en concursos de varios tipos.

Un día llegó a casa con un nuevo proyecto al cual se había sumado: la práctica del taichí, a la que asiste tres veces en la semana en la pista de Pueblo Griffo y que le ha ofrecido una descompresión del cuerpo asombrosa.

El retiro ha sido como una puerta a numerosas opciones que esperaba ser derribada. Ahora pienso que no pudo hacer mejor que abrirse paso con todas las armas, dentro de un proceso que no siempre tiene buen término para la mayoría de quienes cumplen la edad de jubilación.

Mi madre se retiró un día cualquiera del calendario y hoy me acomodo, desde mis insípidos años de graduada, y la aplaudo sin pausa.

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