La buena costumbre de generalizar

Autor:

Juventud Rebelde

El último gran recurso de ciertas personas —sospecho que enfermas de burocratismo— es echar mano a una frase a la que casi convierten en dogma: «No generalices».

Es así como pretenden reducir a «aislados» el carácter de hechos que se han ido amplificando y se divorcian visiblemente de nuestras aspiraciones como nación. Se trata de simples ejemplos —dicen—, de modo que no hay motivo para preocuparse por ellos.

Resulta singular que en estos casos, en lugar de escuchar un criterio y procurar más información acerca de una realidad en constante cambio, se vuelquen a punzar en lo que consideran el lado flaco del alerta: ¿Y dónde están las cifras que validan tu señalamiento?, ¿qué voz autorizada en el campo de la ciencia comparte tu criterio?, ¿cuántas veces se ha manifestado esa cuestión que señalas?, entre otras preguntas que, por el tono, dan la impresión de que fueron creadas para convencerte de que andas equivocado.

Aquellos que persisten en llamar la atención sobre ciertos problemas —que a la postre se convierten en nuevos retos— y se preparan «con todos los hierros» para enfrentar a quienes no quieren reconocerlos, pueden incluso darse de bruces con otra actitud inimaginable, suerte de cortina de humo para ocultar el motivo de preocupación o, cuando más, aceptarlo a regañadientes.

Después de tanto esfuerzo personal e intelectual hecho por esas personas —razonan quienes asumen esta postura—, sería sacrílego que alguien siga poniendo el dedo sobre la llaga de esos problemitas que ya sabemos que existen y en los cuales —se

gún su habitual respuesta— se está «trabajando».

Hace más o menos un lustro, cuando algunos se atrevían a decir en ciertos espacios de discusión que había un incremento en las expresiones de antivalores en la sociedad cubana, enseguida aparecían personas que se identificaban como entendidos en materia para demostrar que era una falsa alarma.

Muchas veces tuve la impresión de que detrás de una respuesta como esa anidaba la idea de que señalar las manchas o problemas de nuestra sociedad es un acto de negación de sus incuestionables logros, algo que resulta cuando menos contradictorio, pues uno de los mejores usos que puede darse a la inteligencia colectiva y el sentido de pertenencia creados por la Revolución es precisamente el de hallar respuesta a nuestros problemas.

Hay asuntos como la educación de las nuevas generaciones, por ejemplo, que suscitan un amplio interés. No es ilícito que una persona o varias se pregunten qué está fallando en los niveles primarios y secundarios de enseñanza que, a pesar de los cuantiosos recursos que el Estado cubano dedica a estos fines, a las universidades llegan no pocos jóvenes con lagunas culturales y formativas.

Es lógico que muchos nos preocupemos ante ese y otros casos. No se trata de tapar el Sol con un dedo, sino de movilizar a tiempo y concienzudamente a los entes involucrados en el cambio de esa realidad. Lo contrario solo nos llevará a perder terreno.

Si un tiempo atrás no estaban totalmente claras las ideas respecto a la urgencia de modificar concepciones como las mencionadas al inicio de estas líneas, el panorama hoy es diferente, pues el país ha abordado de manera audaz complejos fenómenos sociales. Ello deja una lección: hay que estimular constantemente el interés por debatir y profundizar —solo así ofreceremos mejores respuestas a los desafíos—, pero también abrir puertas al autorreconocimiento de los problemas, labor necesaria aunque difícil, que en modo alguno niega los éxitos. Esa voluntad de querer entendernos mejor y superarnos es lo que urge generalizar.

Pero no se alarmen con este comentario: la actitud de dar la espalda a ese debate no parece una generalidad, sino un hecho aislado. Al menos eso creo.

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