Para la guerra siempre hay dinero

Autor:

Jorge L. Rodríguez González

Cuando se trata de pasarle la cuenta a gobiernos que optan por una política soberana o que se niegan a acatar agendas de los centros de poder, las grandes potencias se las arreglan para invertir en contiendas bélicas que resultarán en ganancias geoestratégicas y en un gran botín de riquezas: petróleo, gas, uranio… Así ha sido siempre.

Por eso, la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) insiste tanto en que los países europeos sigan gastando lo de siempre y más en Defensa. No importa que cada día crezca el número de personas que termina en las calles porque perdieron sus empleos y no pueden pagar la hipoteca; que los Gobiernos privaticen la educación, la salud…, que pongan en venta a un país. Hay que invertir en la guerra. Eso es lo primero.

Ese fue el mensaje de Anders Fogh Rasmussen, secretario general de la OTAN, a la Unión Europea, cuando participó el martes en una audiencia con los comités de Política Exterior y de Seguridad del Parlamento Europeo. Exigió inversiones en los drones, una de las armas más sofisticadas para asesinar, que tanta estela de muerte ha dejado en Paquistán y Somalia, y cuyo uso se extiende ahora a países africanos. Un artefacto muy avanzado que también emplean para espiar a países que tildan de enemigos como Irán.

Según la arenga de Rasmussen, la «seguridad» de la UE depende de la OTAN. Dicho así pareciera que el bloque militar atlántico es un puñado de naciones asediadas que necesitan unirse para defenderse de poderosos enemigos, cuando es todo lo contrario.

La historia de la OTAN está llena de guerras injustas, agresiones imperiales y maniobras bélicas de cualquier tipo, para garantizar el dominio de un pequeño grupo de poderosos que pisotean el Derecho Internacional y desprecian la vida. Los bombardeos contra Yugoslavia (1999); la invasión de Afganistán (2001) e Iraq (2003), la guerra contra Libia (2011); el suministro de armas, hombres e información de inteligencia a los antigubernamentales y terroristas que buscan derrocar el Gobierno de Bashar al-Assad; la instalación de misiles en Turquía que apuntan a Siria y amenazan a Rusia.

A todo esto se le suma el abordaje de barcos mercantes en aguas internacionales y la intercepción de aviones civiles considerados «sospechosos» en el espacio aéreo internacional —modernas prácticas de piratería— y la protección al saqueo que realizan las grandes potencias en las aguas de Somalia y en el  Océano Índico…

Ahora, una de las principales preocupaciones es apuntar contra la influencia de Rusia y China en el Asia Central.

Por eso Rasmussen quiere que los países europeos mantengan los compromisos adoptados en la   cumbre celebrada en mayo de 2012, en Chicago, donde se abordó entre otros asuntos, cómo cumplir los objetivos de la Alianza con los presupuestos militares reducidos en tiempo de crisis, y quiénes estarían dispuestos a seguir alineados e incorporarse al acoso contra rusos y chinos. Es en este sentido que el Jefe de la OTAN dice querer que los     europeos no sean simples espectadores, sino actores globales, con todas las responsabilidades que implica ese estatus.

El tema volverá a ser tratado en la próxima cumbre de jefes de Estado y de Gobierno de la UE de diciembre, que por primera vez desde que comenzó la crisis en Europa, se dedicará al gasto militar.

En Europa muchos ciudadanos pierden sus hogares y empleos, sus cuentas bancarias; les reducen los servicios sociales, pero sus dirigentes andan pensando en cómo cumplir sus compromisos y encargos con la OTAN y la guerra.

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