Partos adorables

Autor:

Yoelvis Lázaro Moreno Fernández

«Vamos, vamos, ya estamos acabando, mamá, ya va quedando poco. Pero si está casi afuera... Vamos, vamos, sigue así, no te desconcentres ni pierdas fuerza... Ahora, ahora es cuando es. Vamos, otro impulsito más. Ya estás pasando el mal rato. Ahí, ahí, Ahí... ¡Al finnnn! ¡Miren esto, caballeros!».

Ya lo tienen en los brazos, se le siente la exaltación con que emanan los calores desde ese adentro protegido y único. Se le nota un rojizo oliente y chorreado en su minúsculo tamaño. Se le escucha su grito plañidero, asustadizo, inofensivo.

Al lado, sobre una camilla medio fatigosa y escalofriante, bajo las luces de un quirófano que acentúa el nerviosismo y en su reflejo enfático lo enverdece todo, unas lágrimas se escurren mejilla abajo, y en ese mismo cuerpo que experimenta feliz una humedad en su rostro, emerge de súbito un guiño besucón, una impaciencia, una pasión dubitativa por descifrar su enigma mejor.

Toca, frota, manosea. Percibe, observa, mima. Acaricia, repara, se deleita. A contragolpe de mirada va buscando las marcas iniciales, los destellos más sobresalientes, los primeros parecidos, los más antropológicos de todos: ¿cabezoncito y ojiclaro como el padre?, ¿peludito como la tía más vieja?, ¿trigueño como el tatarabuelo?

«¡Felicidades, mamá! Ahora unas horas más aquí y podrás estar en casa», ha dispuesto el médico desde una visión facultativa que circunscribe el nacimiento solo al hecho clínico, al desvelo temeroso por el instrumental quirúrgico, a la hora del grito primero y el cordón que se trucida, mientras se arregla un «aparente» despegue de sangre y fibras para que una nueva vida eche a andar.

Pero con licencia, doctor, con extremo respeto a su prudencia cientificista, me rehúso a creer en el parto como lapso preciso, como ese adolorido relámpago que agranda la silueta femenina para un singular alumbramiento y ya, como si el acto fuese solo un mero ritual de la biología, desprovisto de toda figuración sobre el tiempo futuro, carente de ensanchamientos incondicionales, como si, tratándose del misterio maternal, la «fuente» consejera de los mejores deseos no se quebrara siempre de alientos para uno, quizá cuando menos lo merecemos, por suerte cuando más se necesita.

Mi madre, como muchas, como todas, como todas las madres que son muchas, me centellea día a día, me pare y acuna desde su proverbial devoción, se sabe dueña de su consulta y terapia mejor, se opera a sí misma para ponerse fórceps y asistir a mis preocupaciones, mis arranques que no son pocos hasta con ella, mis caprichos por ratos tontos y mis ahogos susceptibles por lo que no lo merece o ha resultado inservible.

Preñada de resuellos, entrecortados a veces por sus cansancios domésticos, sin comadrona y con ella, se sublima el espíritu para energizarme, hace por momentos invisible sus quebrantos. Y a pesar de las cicatrices que pudieran quedar más allá de la piel, se dispone sin recelos a la cesárea que traen consigo los embarazos menos afectuosos, los más dañinos, por tal de que uno quede entero, robusto, emprendedor, alegre, quimérico.

Vengan y corríjanme. Si así lo quieren, incrépenme por ególatra de esta creencia figurada. Acepto que me sermoneen los practicantes del cariño calculado, los hacedores del regalo de papel de celofán el segundo domingo de mayo para, de ese modo, obnubilar majaderías cotidianas y resabios.

«Vamos, vamos, ya estamos acabando, mamá, ya va quedando poco. Pero si está casi afuera...», diría al día siguiente el mismo doctor a un lado de otra camilla, mientras protagoniza una bienvenida más que da paso a una liturgia como ninguna, a una invención indefinida. Se nace, pero el parto ahí no acaba, vendrán uno y otros, otros y muchos más: adorables, riesgosos, elevados. Vaya usted a saber cómo serán todos...

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