Alicia en su mundo de maravillas

Autor:

José Luis Estrada Betancourt

En Las Tunas, de pequeño, conocí la nieve. Que recuerde, fue uno de los primeros regalos de los tantos que me obsequió mi abuela, a quien sus padres decidieron inscribir con el nombre de Alicia, aunque para el universo vivió y murió como la Niña. Imagino que debido a su eterna sonrisa infantil y a esa inocencia que la engalanó de principio a fin.

Inventar la nieve era uno de sus grandes prodigios. Sobre todo cuando en medio de un calor sofocante, asía un largo tenedor y lo balanceaba con destreza de hechicera, convirtiendo primero en montaña a aquel río turbio de claras de huevos. Entonces empezaba a dirigir con sus manos diestras una monótona sinfonía... chin, chin, chin, chin, y la blancura crecía y crecía hasta desbordarse del plato.

Eran los tiempos en que —antes de que desaparecieran como los dinosaurios— en Las Tunas todavía te sorprendía el asombroso vuelo de las mariposas, que se posaban en su pelo, caprichosas, para armarle una colorida rosa. Y ella, como poseída por la gracia, se desenfrenaba a relatar las historias de su vida.

Cierto que si no la conocías de antes y la escuchabas, corrías el riesgo de «perderte» en sus narraciones. Simpáticamente analfabeta, podía trocar los significados de las palabras, como la vez que llegó jadeando de tanta preocupación a donde su querida nuera Alba, para enterarla de que uno de sus hijos se bañaba sin permiso en la oficina, es decir, en la piscina.

Pero nosotros, sus nietos nacidos de sus tres hijos, y los otros tantos descendientes por la línea de su inseparable hermana Gloria, que también la rodeaban, la entendíamos perfectamente, cuando le daba por contar su tiempo de empleada doméstica en La Habana, donde las razones de su loco enamorado fueron más fuertes que la posibilidad real de perder su mísero puesto en la casa donde ambos trabajaban, y ya no pudo aguantarse ante la perturbable visión de aquella mujer espléndida, de piel barnizada con agua con «azúcara» prieta (nunca logró suprimirle la «a») y canela, de larga y riza cabellera, y caderas perfectamente dibujadas, tocando un piano que no le pertenecía.

Y ella, con los años bien distantes del peligro, se reía con ganas de tan solo rememorar cómo consiguió escabullirse, cual potranca silvestre, de la quemante soga en forma de lazo que alguna vez la quiso apresar.

Di tú, ¡apresar a la abuela! Como si eso fuera posible con un espíritu tan libre. Ella, que sola crió a sus vástagos, y los educó y convirtió en hombres y mujeres de bien. Ella, que dejó a un lado su insólita belleza de artista de cine para procurar la felicidad de su gente, que iba más allá de asegurar un plato de comida, consciente de que lo fundamental es entregar amor, alimentar el alma.

Quizá el único error que cometió en su existencia angelical haya sido no haber enseñado a los suyos la necesidad de transmitirles a quienes venían detrás sus trucos para mantener viva, a toda costa, la armonía, para que siguieran siendo uno, incluso cuando, junto a su inseparable hermana Gloria, hubiera marchado al más allá.

Lo peor tal vez de su ausencia es que se llevó consigo toda la magia, y la límpida blancura que a su paso la acompañaba —como la de la nieve que me descubrió en mi infancia—, y que luego se fue tornando en oscuridad para una familia que, de repente, empezó a conocer una desunión que jamás hubiera imaginado, abocada a una lucha por los espacios y las escasas propiedades.

Al final nunca supe qué fue de aquel piano que llegó a comprar y del que, tras su muerte, se adueñaron los comejenes. Y a pesar de que se perdieron las melodías que brotaban de él, no ha sido ese el mayor vacío que me dejó mi adorada abuela la Niña, cuando partió sin siquiera merecerlo.

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