La marca de una camisa

Autor:

José Alejandro Rodríguez

Quizá Reshma Begum dio la costura final a la camisa marca Dockers «Made in Bangladesh» que hoy exhibo. Quizá sus manos la envolvieron en celofán, mucho antes de que se desvencijara el pasado 26 de abril, en ese país acuoso, el edificio Rana Plaza, hacinado de plantas textiles, de advertencias de derrumbe y de obreras desechables.

Cada vez que me celebran la hermosa camisa, recuerdo con vergüenza los ojos tristes de la muchacha, rescatada con vida de los escombros de una cuasi esclavitud en pleno siglo XXI, 17 días después del desplome que estremeció al mundo entero. Gracias a unas galletas viejas, un poco de agua y el entrenamiento del pobre para sufrir, Reshma fue noticia.

Las morbosas cámaras pasearon por el mundo sus ojos entreabiertos y la respiración agonizante de rastrear oxígeno, como el botín más preciado de un melodrama. Así, millones de televidentes satisfacían su piadosa cuota de lagrimitas. Y ya, tranquilos en su rutina y comodidad, sin preguntarse por qué.

Los más de mil desventurados que bajo el Rana Plaza no alcanzaron a sobrevivir como Reshma, solo eran una cifra de la cruel selección de las especies humanas que hemos forzado, venerado Charles Darwin. La cuota de muerte que necesita la vida, sin nombres y apellidos. Mil que se fueron sin rostro ni pena. Al bulto. Tres mil heridos que nadie identificará después por las calles…

Así vivimos, a cuenta de olvidar a tantos sin retorno. Barcos escorados de inmigrantes que nunca llegan a su destino, mineros tragados por la tierra. Fugaces bebés de África, que apenas abren los ojos, los cierran definitivamente, sin tener todavía un nombre. Familias inofensivas que desayunaron para siempre, en las montañas solitarias de Paquistán, la carga mortífera de un cobarde dron accionado desde miles de kilómetros por un respetable padre de familia, que no da la cara. ¿Quién los vio partir a diario, a los acaparadores del sufrimiento? ¿Quién lleva la cuenta de tantos anónimos?

Ahora hay pronunciamientos, cierres temporales, promesas e hipócritas mea culpa de las grandes transnacionales del textil, esas que maximizan sus utilidades empleando menesterosos por apenas unas monedas en los sitios más míseros del planeta. Ahora se conmueven unos días, para seguir olvidando a los números sin rostro y sin esperanza, los muertos de tanta vida. Ya buscarán alguna manera de seguir exprimiendo las ganancias sin miramientos.

En la culta Europa, organizaciones civiles proponen el boicot a esas marcas de la superexplotación, a esas camisas y jeans hilados a sangre, sudor y lágrimas en lejanos, polvorientos y acuosos parajes del Sur. A no comprar el fetiche de tanto sufrimiento.

Y yo prefiero conservar mi hermosa camisa marca Dockers, porque basta ya de curitas para un mundo que requiere cambios en su arquitectura, de manera que no se desplomen edificios de obreras hacinadas y sudorosas. Y también porque, cubano al fin, quizá nunca alcance con mis ingresos otra tan hermosa. Pero, sobre todo, porque cada vez que lleve esa prenda, recordaré el símbolo de vida y esperanza en que pueden convertirse muchas Reshma, vencedoras de la muerte.

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