Luces en la tarde

Autor:

Osviel Castro Medel

GUÁRICO, Venezuela.— Pasamos, en fila, ante la mirada curiosa de todos ellos. Íbamos con recelos justificados porque, al fin y al cabo, estábamos en una cárcel.

Puertas adentro, les pudimos mirar a los rostros bien de cerca; las pieles tatuadas, más que con tinta, con el paso del tiempo; el lenguaje del cuerpo y de los labios. Observamos sus conversaciones en medio del pasillo, sus señas, sus gestos en el patio abierto sin restricciones.

«Son de la televisión», decían ellos cada vez que veían una cámara. Pero en realidad aquel día los que ingresamos a la Penitenciaría General de Venezuela, en San Juan de los Morros, éramos más de 50 periodistas de distintos medios nacionales e internacionales, invitados por el Gobierno Bolivariano, que iba a inaugurar la final de los I Juegos por la Libertad Hugo Chávez.

Esa tarde muchos de nosotros pisábamos por primera vez en la vida un penal, y lo hacíamos conociendo el mito de las prisiones de este país, vilipendiadas políticamente durante varios años.

Sin embargo, aquella jornada fue extraordinaria y sorprendente para todos. Nos asombró la naturalidad de la ministra del Poder Popular para el Servicio Penitenciario, Iris Valera, quien se paseó entre los reclusos con una confianza gigantesca, protegida solamente por un escolta uniformado. Nos maravilló cómo dialogaba con cada uno, cómo los escuchaba y les daba un aliento nacido de la sinceridad sin demagogias.

Más que la fiesta de los Juegos, que se insertan en una filosofía de inclusión y de mejoramiento espiritual de los seres humanos, nos impresionó esa mezcla verdadera que tuvimos con la población penal, que estuvo a nuestras espaldas tan cerca como quiso, que nos escuchó las voces y los acentos varios.

Vimos a Alejandra Benítez, la hermosa ex esgrimista devenida ministra deportiva —probablemente la más joven del mundo—, tuteándose con muchachos, diciéndoles que creyeran en el camino de la dignificación y la esperanza.

Aquella tarde, allá adentro, rodeados de privados de libertad que, haciéndose espectadores, no portaban uniforme ni identificación alguna, comprendimos el alcance de los cambios que experimenta Venezuela de la mano de una Revolución compleja y cargada de matices.

Aquella tarde, palpando el entusiasmo de los internos-atletas, vestidos en el campo deportivo con la chaqueta tricolor de la bandera bolivariana, entendimos que pese a lastres del pasado las penitenciarías venezolanas ya no son las cuevas oscuras de hace 20 años, en las que los prisioneros de entonces llegaron a comer ratones o a repartirse un pan quemado entre 40 bocas.

Y entendimos que esos hombres y mujeres que cometieron errores en sus existencias ya no serían tratados con la etiqueta de «escorias» o «desperdicios», como aconsejó un Gobernador de otro tiempo, hoy diputado antichavista.

Al partir, también en fila, observamos a un joven corriendo hacia nosotros desesperadamente. Algunos quedamos medio paralizados. Quería un bolígrafo para que el ex pelotero Antonio, «el Potro», Álvarez, otro que se paseó fiado por la penitenciaría, le firmara un trozo de papel para tenerlo como recuerdo mientras le durara la privación de libertad.

Fue la última lección antes de la puerta, porque afuera nos cruzamos con una ola de familiares adultos que, llevando niños y bolsos, entraban a aquel recinto engalanado para la ocasión con globos de diversos colores.

Nos marchamos impactados por la belleza de los morros que se asomaban en el horizonte y por luces humanas que nos alumbraron aquella tarde inolvidable.

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