Pacto o látigo - Opinión

Pacto o látigo

Autor:

Mileyda Menéndez Dávila

Daría cualquier cosa por pasarme un día entero sin fumar. ¡Ni una bocanada! Sé que es un vicio difícil de eludir, pero no quisiera, en lo que me resta de vida, ser otra esclava del supuesto encanto antidepresivo del cigarro.

Da pena decirlo, pero no pude librarme de las secuelas de esa adicción ni siquiera durante el embarazo, y que conste que no fue por falta de esfuerzos ni de buenos consejos.

Por eso me propuse, cuando a los tres meses mi niño debutó como asmático, mantenerlo a salvo de ese diabólico detonante de enfermedades crónicas, ladronas de años para quienes las padecen y ven sus energías escurrirse en una existencia a la larga bastante miserable.

Pero no podía mantenerlo en una burbuja. Como cualquier infante tenía que ir a la escuela, transportarse, pasear, jugar en la calle, ¡vivir!, y terminé corriendo docenas de noches para el policlínico, lloré viéndolo en afiebrado sueño, acaricié su pecho apretado, sufrí con él los pinchazos y jarabes que aceleraban su inocente corazón.

¿Y los responsables de aquellos incidentes? Bien, gracias… Probablemente a esas horas ya anduvieran imponiendo su bocanada de muerte a otras criaturas, con el natural desenfado de quien no piensa más que en el «aquí y ahora» de un absurdo placer.

¿Qué clase de madre no puede proteger a su prole de un peligro tan sutil, tan fácilmente acorralable si sus promotores decidieran practicar un poco más de decencia y enfermarse en privado?

Pues cualquiera… ¡Todas! A menos que desarrollemos habilidades circenses para arrancar con el látigo de la mirada el absurdo pitillo de las bocas ajenas, no hay mucho que hacer cuando la necedad se adueña del ambiente colectivo para contaminarlo sin una pizca de preocupación.

Un día sin fumar… ¡Qué quimérica maravilla! A diario abro mis ventanas al aire benéfico del patio y trato de respirar tranquila, inmersa en el trabajo hogareño o intelectual, pero no pasa una jornada sin que algún fumador me visite y el olorcillo del tabaco corrompa mi sacrosanto espacio de salud familiar.

Una vez mi madre ayudó a una amiga a calcular cuánto dinero empleaba en mantener sus pulmones llenos de nicotina, y aquella fumadora empedernida apagó esa tarde el último de sus cigarros, creo que hasta el sol de hoy.

¡Ah, si yo tuviera ese mismo poder de persuasión…! Pero ciertas chimeneas humanas no entienden que fumar en mis narices es chapotear sin juicio en mis arterias, esas que necesito para trabajar y reír, para pedalear por esta isla y amar lo que merece ser amado todo el tiempo que me sea posible.

Así que soy, muy a mi pesar, una fumadora más. Aunque nunca me haya llevado un cigarro a la boca. Y aunque existan leyes, reglamentos y campañas, la impotencia me convierte en candidata para engrosar la lista de las 600 000 personas que mueren cada año por el humo de otros.

El siglo pasado leí una pancarta a tono con tales preocupaciones. No recuerdo si fue en un establecimiento público o en una aerolínea, pero el mensaje era perfecto: «Nosotros respetamos su vicio. Usted respete nuestra salud».

Preferiría que nadie fumara nunca más, pero aquella me pareció una buena filosofía para coexistir con quienes ya escogieron su camino expedito a la tumba. Como respeto todo lo diverso, con mucho gusto yo cumpliría mi parte… ahora hace falta que los viciosos se recojan para cumplir la suya.

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