¿Gobernar para o gobernar con? - Opinión

¿Gobernar para o gobernar con?

Autor:

Ricardo Ronquillo Bello

Hay esencias que para algunos no pasan de ser frases que cuelgan sobre vallas en calles y carreteras del país. Cierta burocracia las convierte en burdas metáforas del secuestro a preceptos irrenunciables de la Revolución.

Lo recuerdo nuevamente ahora, mientras transcurren las rendiciones de cuentas de los delegados a sus electores —con las laceraciones y errores de un proceso tan esencial de nuestro sistema de poder en la base—, y cuando están a punto de constituirse las comisiones permanentes de trabajo para esta legislatura del Parlamento nacional.

Constitucionalmente en Cuba se es elegido al Gobierno para servir; o en todo caso, en base a la Carta Magna, para ejercer el mandato del pueblo, que tiene incluso el derecho a revocarlo. La socialista nunca debería convertirse en una democracia formal, como tantas de este mundo, sino en protagónica, participativa y popular. Gobernar con el pueblo, y no «para el pueblo», como algunos interpretaron o interpretan todavía, y que ya sabemos a dónde conduce.

En medio de las radicales transformaciones estructurales en el proyecto político que se adentra a los desafíos del siglo XXI es preciso reconfigurar, atemperada a la contemporaneidad, la idea leninista de «Todo el poder a los soviets», o la de Fidel de que «El poder del pueblo, ese sí es poder».

Esa sería la bendita forma de establecer un genuino sistema de control popular, y de amurallarse, como ciudades antiguas, frente a quienes parece complacerles el papel de los charlatanes en el famoso cuento de Hans Christian Andersen El traje nuevo del emperador: intentan mostrarse como «delicados y fervorosos tejedores del bien público», mientras prestan servicios con la misma invisibilidad de los personajes del cuento.

El edificio verdadero que debemos habitar en la democracia socialista nuestra es aquel donde se honre cada vez más el artículo tercero de la Constitución: «En la República de Cuba la soberanía reside en el pueblo, del cual emana todo el poder del Estado». En consecuencia, hay que continuar reconciliando nuestra institucionalidad política, estatal y gubernamental con los preceptos de la soberanía popular que marcan especialmente las aspiraciones del socialismo en el siglo que comienza.

No fue casual que uno de los primeros enunciados de Raúl, al ser proclamado como Presidente ante el Parlamento, fuera precisamente el de que había sido elegido para conducir al país hacia más socialismo. Y se puede hacer, porque la Revolución inauguró una nueva forma de cultivar democracia y de formar y ejercer Parlamento, cuya sede real se traslada aún hasta hoy —y tiene que seguir ocurriendo—, hacia el pueblo.

En el sentido y el contenido de la democracia se empeñó y empeñará la esencia de este proyecto de emancipación. Por ello inició también el desbroce hacia más socialismo y democracia en el camino de la actualización. Lo anterior lo demuestran los experimentos para perfeccionar el funcionamiento del Poder Popular, que incluyen la separación de las funciones gubernamentales de las inherentes a las asambleas provinciales; los estudios para ofrecer mayor autoridad y protagonismo a los gobiernos de base; el pronunciamiento político de Raúl de que ninguna decisión trascendente podrá ser tomada sin someterse a plebiscito; la reivindicación del papel del debate en el ejercicio de la política, y el anuncio de que las principales responsabilidades solo puedan ejercerse por dos períodos no mayores de cinco años, por mencionar algunos pasos.

Mientras los prestidigitadores de regresiones y fracasos hacen sus cálculos, acá debemos ajustarnos más a lo que hacemos. Porque entre tanta confusión no puede faltar la certeza de que la contienda más grande de la modernidad se escenifica en el turbio y movedizo significado de las palabras. La mayor expoliación, el más grave despojo que se pretende, es el de los símbolos, entre estos el hermoso y hondo sentido de la tan lidiada «democracia».

La Revolución que triunfó después que una generación de jóvenes se levantó en rebeldía, hace casi 60 años, para no dejar morir al Apóstol en el año de su centenario, debe honrar cada vez más su idea de que «nada hay tan justo como la democracia puesta en acción».

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